José Esparza

Hora

Once y veinticinco de la noche;
Oigo las melódicas notas del piano de Richter
mientras pienso en lo que hablé esta tarde.

Aquella vieja mujer me dijo
que todo ésto fue demasiado real.
No se puede ver venir de mí,
y mucho menos para alguien como tú.

Pero cómo es que llegué hasta el punto
de pensar de que eras para mí
sabiendo que entre tú y yo
existía un cariño eternamente distante.

-¿Y qué tal si mejor inmolas su nombre en el infinito?
Tal vez vuelvas ceniza lo que te queda de ella o lo que queda de ti.-
Y callé, suspiré y morí otra vez.



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