mariano777

PSICOPATA

“Yo no quería hacerles daño. Solo quería matarlas”

                                   David Berkovitz

 

 

                                                                              PSICOPATA

Desde mucho rato antes de la entrada de  Lola y Ángela al cine, un Sol agobiante había estado recalentado veredas y asfalto; cuando salieron no había Luna ni estrellas y la negrura coloreaba el aire y continuaba el calor apabullante que calcinaba al pueblo del Azul.

Era pesado, pegajoso. Brotaba del suelo, de las paredes, parecía formar parte del ambiente y se metía en el alma.

Y estaba el miedo…El miedo es una de las emociones más poderosas y ancestrales de la humanidad. Hace volar la imaginación a regiones impensadas y altera violentamente la vida cotidiana. Ningún racionalismo puede evitar totalmente la aprensión causada por el viento que golpea un ventanal o por su silbido entre los arboles de un bosque solitario. Y esta noche se manifestaba en las actitudes, en los gestos y en las miradas.

Tres víctimas femeninas estranguladas en un mes lo provocaban.

De las cuatro mujeres que eran las dueñas de la escena en los corrillos que se sucedían a raíz de los crímenes seriales, solo Dora Rudsen estaba muy posiblemente viva, ya que se había ido con un viajante.

O así lo decían los nerviosos comentarios de los azúleños.

Tres muertas con un palmo de lengua fuera de la boca y una desaparecida.

 En bares, peluquerías, y en la calle, se oían con interés, los relatos de  la ya casi legendaria faena de  Mateo Banks en 1922.

Y se contaban y tergiversaban mil narraciones siniestras del viejo historial del pueblo con los irresueltos asesinatos ocurridos.

Todo era miedo en la gente…Algo espantoso estaba ocurriendo en las tierras del Callvu-Leovu.

Alguien muy enfermo rondaba por las noches matando mujeres.

Las dos veteranas amigas se decidieron  ir al cine tras muchas vacilaciones…Era el último dia de exhibición de “Nieve Negra”, con Ricardo Darín, Sbaraglia y Federico Luppi.

La gente, muy poca, que había en la sala, estaba en grupo y así regresaban a sus domicilios.

A Lola y Ángela las llevaría, cada una a su casa,  el “gordo” Breglia en el remis.

Cuando finalizó la película, el automóvil estaba en la puerta, calle Bolívar, y la primera que descendió del auto fue Ángela, en la Avenida Mitre, muy cerca del lugar.

Lola vivía detrás del arroyo, y al cruzar el puente por calle San Martin el agua negra provocaba la sensación  de estar  caliente como la jornada agobiadora.

Ya era medianoche y el silencio opresivo, sin sonidos humanos, destacaba los lejanos ladridos desde todos los rumbos en el calor de la negrura.

Cuando el taxi se detuvo en la pequeña entrada, sobre la vereda, Lola comenzó a correr hacia la puerta de su domicilio, mas adentro.

Desde la tranquera que daba a la calle, había poco más o poco menos, veinte metros, hasta el acceso principal a la casa.

Aunque el chofer Breglia esperaba su entrada, esos metros, los corría, Lola, con inusitada rapidez, presa del nerviosismo acumulado durante todo el día, por los reiterados comentarios sobre el tema excluyente. El psicópata.

El bochorno de la elevada temperatura, junto con la oscuridad, formaba un manto oscuro agobiador en el ánimo de la mujer asustada que se apuraba con dificultad sobre sus tacos altos.

Ese fue su momento de pavor y tenía la impresión horrible de que una mano la sujetaría de un momento a otro.    

Buscaba la seguridad de su hogar. Tenía más que miedo…Sucumbió al pánico.

Abrió con nerviosa rapidez, mirando de costado al umbroso jardín  que rodeaba su casa.

Necesitaba el cobijo de sus propias paredes, donde se sentiría real y definitivamente protegida, segura y confiada.

Entro y cerró con llave lo más rápido que le permitió el temblor de sus manos.

Corrió los cerrojos con presteza y la sugestión por el miedo le hizo abrir la mirilla y constatar que nadie había afuera y que no la seguían.

El remis ya se iba.

Se recostó de espaldas a la puerta y por fin  suspiro con sumo alivio.

Y entonces sucedió…Desde la oscuridad del living se oyó un carraspeo.

Quedo petrificada de espanto cuando alguien  encendió la luz.

Allí estaba la robusta y blonda Dora Rudsen, que evidentemente no se había ido con un viajante.

Tenía peluca azabache, anteojos oscuros y capa negro…Allí estaba… Jadeando y transpirando en el calor de la noche.

Se acercó a Lola y le rodeo el cuello con  un  fuerte cable…Pese a la aterrorizada resistencia…

Apretó y apretó…Y durante el multiorgasmo siguió apretando más y más y más…Hasta el final…

 

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