carlos javier suazo lopez

Agua fría

Sobre los cadáveres de nuestras vidas

se alza gris el cielo;

como si respira tabaco con celo

una mujer de halo seductor y homicida.

 

Por allá puerta cerrada. Domitila                                                         

besa a Hugo con su trastorno, 

de encontrar la molicie en el entorno,

ya hecho basura que se alquila.

 

Más allá ventana restringida. La...

La... La... la flama se apaga.

El café se cayó. Lo recogió Camila...

Sus tíos beben café de tierra con llaga.

 

Más aquí, cerca de un zinc gritón con pajuelilla,

"el perro Moisés" protege sus pulgas de la hora,

que Maurico, junto al ciego llora,

con el alma de agua en resignada homilía.

 

Mori, dormido en la acera, está hirviendo.

Ire, saborea la vilis eternizada.

Y Povre, "el trigueño guapo", él no hace nada;

solo saca espuma de la boca sonriendo.

 

Todos se fueron, casi. Menos aquí.

Nos aferrámos. ¡Qué otra opción!

Somos huérfanos de la divina unción.

¡De esa agua que no se ve! ¡Caliente hollín!

 

Pero hoy es diferente.

¡Está cayendo agua fría!

 

Los portones se abren de golpe.

Lloran los hombres, ríen las mujeres, 

sacan a mojar los huesos. Esos seres,

bajo la luz del único farol, miran un abismo torpe.

 

La vida les dolió como mordisco de perro flaco, 

por la convicción de esa lluvia que se acaba.

Pero, es más cruel que te hayas ido Alicia Maco, 

el día en que nuestra contaminación no rezongaba.

 

Aquí estamos, mirando solos al mundo,

inmóviles y desanimados. Solo mirar.

Creyendo en lo más profundo

que la vida no se puede cambiar.

 

 

 

 

 

 

 

 



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