Decameron

De animales

Hoy comprendí la dramática historia de mi temor

Cada vez que veo tu faz en la mínima expresión

Risueña e indiferente, se muestra tan cerca que se adhiere a la pupila

Y tan lejana como abrumada por el cenit.

 

La pena que me aqueja no es ajena a ti, sino le pertenece a esa facultad

Tan paródica del enamoramiento llano, de siluetas de humanos,

De partes del cuerpo como la faz, los pechos, las nalgas, los hombros, el cabello

Tan febril y maniática que se respira como azufre y forma péndulos en entrañas.

 

Se turba la razón a paso de manecilla con tan solo un átomo de tu historia

La austera realidad se vuelve densa y pesada como una enfermedad mal tratada;

Solo a los enfermos de amor se les permite bajar de vez en cuando al consuelo de un plañir,

A ese páramo olvidado de frío y calor, sueños y pesadillas, de un sumo y tácito delirio.

 

El estival tono de piel acaramelado que se esboza en toda tu Venus

Es la libación que un héroe merece al pisar esas tierras prohibidas a cobardes y desidiosos.

Tu ente erógeno debe ser la máxima en la ley de un amante discreto,

Tal discreción, debe ser capaz de destrozarte, herirte, matarte sin siquiera nombrarte.

 

¿Ahora lo ves? Me niego a creer que se trata de ti o de mí,

Quiero permanecer fehacientemente crédulo ante esa idea,

Esa noción vulgar de que soy un animal más de los que hablaba Darwin,

De esos que se extinguen en hábitos, en alientos, en palabras, en recuerdos.



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