Arsenio Uscanga

De nuevo, tú.

Y después de gastarme la vida cuestionando mi felicidad desde perspectivas ajenas, te encontré.


Parada entre el gentío.


Andabas con la elegancia de las aves que diluyen su silueta en los matices del cielo, te vi así, difundiendo tu forma de ver la vida, sonreías y de manera improvisada, te inventabas otra tú. Una más serena. Una más callada.
Hiciste demostraciones que permitieron mirarte completa, de pies a cabeza, de tus ojos al alma, bastaron cinco minutos para reconocerte humana.
En ocasiones no entendemos que hay existencias colmadas de tantas gracias, hasta que viene la suerte, destino o circunstancias(Lo que desees creer es bueno) y te coloca de frente con las causalidad más bonita.
¡Te escribo porqué te amo, sí te amo!

A mi modo tonto y chueco. A pesar de que te pases recriminándome el hecho de no sonreír como antes. O que soy el predicador de mil penas y amarguras.
Tan bonita tú eres y yo soy un gris a tu lado. Pero, ahora tengo matices de diferentes colores, en las esquinas de mi cuerpo.
Tengo un poquito de rojo, aquí en el corazón, por aquella vez que toleraste mi abrazo en mi lugar favorito. Aún cuando la fiesta y el ron estuvieran incluidos, en mi aroma.
Y ni hablar, del negro mate que gano sitio en mis labios, producto de matar los silencios. Cuando llegaste a mi vida, aprendí que podía hablar de aquello que me lastima y hace daño, y así sentirme un poquito mejor.
Me he dado cuenta que perdí de vista el motivo por el cual escribo, escribo para contarte de la manera en que tu existencia influye sobre la mía.
Y por si algún día te pierdes, este escrito te ayude a recordar, que eres todo aquello bueno de la vida, envasado en cuerpo de mujer, y por etiqueta tu nombre.



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