Pablo Humberto

Mis ojos no se equivocaron.

Mi mirada jamás se equivocó, no duda de tu mirada. No sabría que me llevaría tan lejos.

Sino hubieras tenido la mirada que reflejaba lejanía, tristeza y espera; tal vez no me

fueras gustado.

Esa mirada, simplemente tu mirada, que atrapó mi desdichado cuerpo.

Mi cuerpo fue como una pluma, que la llevaba el viento del destino.

Y me dejó caer ahí, en los campos de tu amor, en tus brazos de ternura infinita.

Calmasté y a la vez pusisté en duda a hombre taciturno, loco.

Fuisté un ocaso de primavera en los desiertos de mi alma.

Y sé que caminaré contigo, ya vi tus campos. Y ahora recorremos los míos.

Aquélla vez que ardí, que me temblaba el cuerpo, esa vez no tuve duda de tus labios.

Mis ojos y tu mirada, mi mirada y tus ojos.

Una noche me dejasté ver el fulgor de tus ojos, como antes del derrame de las lágrimas.

Te vi niña, contenta, desbarata en ese momento: mis ojos no se equivocaron.



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