Eduardo Yar

Un poeta


AVISO DE AUSENCIA DE Eduardo Yar
Me retiro por un tiempo indefinido, quizás muy largo.
Agradezco de corazón profundo a quienes me brindaron gestos de amistad y leyeron mis publicaciones.
Que la poesía nos salve del mundo.

En una noche tranquila de invierno de no importa qué fecha, frente a la cama de un hombre con cáncer terminal, está un niño tiznado por el hollín de una máquina de ferrocarril en no importa qué lugar. Ambos han estado platicando un rato. Con la repentina curiosidad propia de su edad, el niño le dice al hombre: _ mi Papá maneja trenes y me lleva mucho a su trabajo. Sus compañeros platican también conmigo, pero creo que ya se cansaron porque soy inquieto y ellos tienen que seguir trabajando. Me dijeron que viniera a verte porque eres un poeta y me haría bien escuchar a alguien como tú. Yo no sé qué es un poeta.

El hombre, con una mirada profunda enmarcada por las ojeras de los estragos que hace el cáncer en un rostro, hecho de un solo pedazo de vida que se aleja y que alguna vez fue plena, le responde muy sereno: _ por el tiempo que me has brindado y porque te veo destellos de alma pura, creo que debo corresponderte con la empedernida sinceridad de alguien grave como yo: yo no tuve la educación que percibo en ti, la cual intuyo que te llevará lejos. No creo estar a la altura de ser llamado poeta. Esas personas son como un ave rara que siempre está volando muy alta y se posa en el suelo sólo una vez en su vida: cuando muere. Sin embargo, muchacho, yo creo que un poeta es alguien que escribe para saber quién es.

La franca humildad de aquel hombre grave lo revelaba todo. Era cierto, su calidad humana era propia de aquellos a quienes muchos llaman poetas, aunque él no se lo creyera tanto. En una pausa alargada por breves segundos elásticos, como si el tiempo le rindiera tributo a un hombre bueno que se va, el niño pregunta: _ ¿por qué has aguantado tanto? Dicen en el pueblo que tus dolores son muy fuertes y aun así has durado más de lo que el médico dijo que lo harías. Papá me dijo que a mi Mamá se la llevó una tos severa poco tiempo después de que yo naciera; a veces creo que todavía él se pone triste. Ahora me cuida una mujer que es muy dulce, así como la miel que a veces pruebo después de una medicina amarga cuando me resfrío. Contigo me está pasando igual. Sé que estás muy enfermo y no te veo triste. Los amigos de mi Papá tenían razón: visitarte fortalece. ¿A qué se debe?

El poeta, después de mirar hacia la ventana que todavía mostraba un cielo estrellado adornado con cadencia por una nieve delgada, vuelve su cara hacia el chiquillo con el gesto más afable que él hubiera visto. Aunque ya batalla más, toma aire para responder y se le nota una profunda seriedad que no es pesada:

_Si me aferro a la vida, me quedo presente en la voluntad de otros para seguir caminando a pesar de la adversidad. Mis esfuerzos por aguantar hasta el final, se convierten en inspiración de los que saben ver con el corazón. Si doy la lucha brava contra la enfermedad, tal vez también el odio y la indiferencia de otros, se retiren con la cola entre las patas como una fiera que no pudo hincar el colmillo al ver que no le tuve miedo. Si yo me resisto a la tristeza de un desenlace fatal, la vida, como la gran tipa que es, me sonríe y juntos burlamos por una vez la muerte; aun sabiendo que es inevitable.

Por eso no cargues el mundo sobre tus hombros, hijo, sólo sigue caminando. Aférrate a la verdad que hay en tu corazón sin hacer caso de aquellos que se avergüenzan de la virtud y prefieren el camino de apariencia fácil. Tampoco los juzgues; no seas severo con el que está vacío, pues hasta él tiene algo de valor: es un ser humano y siempre tendrá la opción de cambiar. Recuerda que en el camino del hombre siempre hay una “i griega”. Esa es una máxima de la existencia, hijo, y no todos la entienden hasta que una tragedia los hace encontrarse consigo mismos.

Entonces, como un viento repentino que rompe la quietud de un día tranquilo, el poeta comenzó a toser y sintió cómo sus venas parecían averiarse cual tubería gastada por el tiempo, percibiendo que su sangre de a poco dejaba de ser caudal. Balbuceando, sus labios resecos apenas pudieron exhalar un último aliento de vida en despedida: _ me voy a mis sueños… Paso la antorcha.

Aquél niño, que también era de corazón profundo y de inteligencia aguda, intuyó que sin importar su tierna edad, su ser era un caudal de creatividad en espera de conquista por una doncella llamada vida; y que mientras ella sea posible, los sueños existen. Desde luego tomó la antorcha, y al convertirse en hombre, se hizo llamar Pablo Neruda.

Comentarios1

  • 14

    Magnífico. Gracias por compartirlo.
    Un saludo,
    14

    • Eduardo Yar

      Gracias a ti por leerme. Un saludo de vuelta.



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