Rogervan

Panteón Rococó

En esa mirada taciturna hay un sueño deletéreo,

y entre trueno y fuego van callando,

las ánimas, las campanas del sol,

como un tornado de azul desierto,

como un índigo argénteo delator.

 

Mi pequeña ilusión, mi única ilusión,

cabalga con la sangre de un encuentro,

fugaz, agorero, a las puertas del panteón,

con ambages, medallas y cantos,

azogue, matinal y terpandros.

 

En esa mirada taciturna hay dulces antenas,

camelias, gardenias y penas,

las más amargas y puras,

y entre collares de lágrimas, un ósculo carmesí,

exornando los párpados de la luna,

ámbar y magenta en el redil.

 

Mi pequeña ilusión, mi única ilusión,

teñida tu espalda de bermejo,

de cardiopatías, de bermellón,

de colorado y escarlata,

la llama,

la flama,

que me llama,

que me clama,

entre cinabrios,

los atrios,

las arpas;

y tu cuerpo despertó,

en gomaguta rococó.



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