Samuel Santana

Grandpa

Derrumbado sobre un

chirriante sillón de cuero,

tan viejo como las

profundas arrugas que

surcaban el rojizo rostro,

el hombre se abstraía en

la solitaria, callada y

fría buhardilla.

Hasta allí le llegaba el

hedor de la abubilla con

cresta alta y que,

con astucia trabajada,

acechaba incautos insectos.

El recordaba los años de

payaso y cuando la

despiadada audiencia

abucheaba los errores.

Se sobreponía abstrayéndose

para no llorar de pena

y rabia.

Podría haberse frustrado

y hasta abandonar no

solo el extenuante arte,

sino hasta la herramienta

del pan.

Era abstemio aun cuando

vivió entre vicios

y desquiciados.

“¡Malditos!” abroncaba

de vez en cuando.

Caminó abstracto,

como un número en la

escala geométrica.

Siempre vio las cosas desde

la óptica absurda.

Encontraba la vida sin gusto,

vacía y tan amarga como

paladar desdentado.

Victima de abulia,

se perdía en ideas que una vez

tuvo por productivas,

altisonantes e incendiarias.

Por momentos se incorporaba

y pasaba temblorosas las manos

sobre el viejo retrato familiar

celosamente guardado.

Era entonces cuando

tristemente lloraba.



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