Alberto Escobar

La Odisea de Homero



 

Atravieso los desiertos clamando tu nombre,

voy en tu busca sin descanso, creo que estoy

cerca, las hadas me tienden su brazo salvador,

las ondinas me ofrecen su lomo para cruzar

todos los ríos.

Parece que a lo lejos se divisa una cabaña,

el descanso me llama a su seno tras larga

singladura, Morfeo me espera con la mesa

puesta para que el alimento del alma se

compadezca con el del cuerpo. 

 

Tras un largo y reparador sueño vuelvo a tu

busca, sé que estás cerca, me lo dicen los

diosecillos del bosque que me acompañan con

su aliento como verónica que enjuga el sudor

de mi pasión, pasión por verte, por sentirte, 

por olerte, eres el manitú que nutre, dadora de vida,

Naturaleza muerta para dar vida, vida no sin muerte,

Tánatos no sin Eros, Eros no sin Tánatos.

 

Reanudo la intención de buscarte, dejo la cabaña para

besar la esencia del bosque.

Vivo la sabiduría que la rusalka me transmite como canto

de sirena, quiere sumirme en el lago del olvido para

hacerme suyo, Circe pretendiente que se doblega al destino

de Odiseo, Ulises que solo ve patria, Ítaca bendita, reino,

familia, hogar.

 

Viajo al fondo de mí mismo, me opongo a la tentación

ineluctable de Calipso,

resisto otra vez, otra y otra, logro escapar de nuevo,

me ato al mástil y resisto de nuevo.

Creo que estás ahí,¡¿ Eres tú Penélope, eres tú Telémaco?!.

Por fin estoy en mi ansiado hogar después de veinte años

de periplo por mis adentros. 

 

(Ahora solo me queda matar a todos los pretendientes que

se han instalado de balde en mi casa  y que, por cierto,

mi hijo no ha tenido las agallas de echarlos.)

 

 



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