Ana Maria Delgado

SILENCIOS ARRINCONADOS

Se levanta su mirada inquieta,

profunda y atiborrada de misterio,

vuela cual ave en la temprana aurora,

presurosa cruza por entre el cristal frío

del amplio ventanal de sus moribundos párpados.

 

Como dardo sin tregua

escapa entre el moho y el vapor,

suntuosa se eleva hasta el lecho oscuro

y se viste de una minúscula porción

del sedoso traje bordado de astros.

 

En ese tramo lejano,

en ese escenario infinito,

la mirada inquieta, profunda,

atiborrada de misterio,

lentamente se estremece abdicando de si,

y surge entonces su humanidad plena,

se desdobla, se desborda,

se desmorona, se rompe, se deshace.

 

Convulsionan sus miedos y fracasos

suicidándose en la oscuridad,

su maraña de ideas se remuerde,

se hace polvo ligero

que escapa entre sus huesos blanquecinos.

 

El lecho oscuro donde reposan sus pies

se dilata,

su cuerpo anónimo se tambalea,

vibra, se estremece

y se desgarra su voz

arrinconando los silencios.

 

Las agujas clavadas en su piel reseca

van cayendo en lento balanceo,

reventando los pesados candados

de las puertas transparentes

que cerraban sus oxidados resquicios.

 

Mueren sus límites

en ese abismo tan lleno de vacíos,

y se convierte en una esfinge lucida

desnuda, liviana, húmeda, sin máscaras.

 

Desde su útero en éxtasis

cubierto de densas cicatrices

y manchado por el tiempo,

emerge un corazón resplandeciente,

que rompe el escenario sombrío

en coloridas hebras movedizas.

 

Por: Ana María Delgado Pérez

Pasto/Nariño/Colombia.

25 septiembre de 2016



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