Raúl Daniel

Transitando...


AVISO DE AUSENCIA DE Raúl Daniel
Estimados amigos de Poema del Alma: Debido a vicisitudes muy extensas de relatar me vi alejado de la página, hoy intento regresar, paulatinamente iré subiendo algunos poemas que ya publiqué, por lo que les pido paciencia, pues es por ahora todo lo que puedo hacer, gracias por vuestra comprensión.

Transitando...

 

Transitando...

por cielos, mares,

bosques, ríos,

valles, esterales,

pequeños pueblos, grandes ciudades

y por todos los caminos,

y lugares,

va el Eterno Nazareno,

preguntando...

 

La pregunta es la de siempre

y la hace a toda la gente...

 

Una a una las personas,

ante Él presentes,

quedan pensando

un momento, antes de que pase...

 

Y Jesús continúa caminando,

transitando por el mundo, que aún creyente,

duda y, muy descuidadamente

se pierde...

e, indefectiblemente,

sin poder contestarle

su pregunta:

siempre yerra,

siempre miente...

 

En la árida ladera,

en un pequeño hueco,

a mitad de una de tantas montañas,

vive un ciego...

que espera;

cuando Jesús llega,

y, a su ruego,

el Señor le repite su acertijo:

-“Dime tú,

¿quién dices que soy?”

 

El hombre

(que nunca vio la luz),

sintiendo el fuego, entiende...

y, mientras sus manos hacia él extiende,

cayendo al suelo,

le dice:

-“¡Tú eres el Hijo,

El Mesías, El Dios mismo...!”

 

Luego, en un milagro

(y, aunque no lo necesita),

tocándole los ojos,

le devuelve la vista.

 

El antes ciego (y ahora vidente),

muy excitado,

ve por vez primera

el anhelado rostro del crucificado

y exclama en un casi-grito:

-“Señor, que bueno que era ciego,

si no, jamás me hubiera dado cuenta,

te pregunto: ¿por qué estás disfrazado?”

 

Él le contesta:

-“Pequeño hermano mío,

los hombres, en la religión

que de mí hicieron,

me pintaron como lirio...

pero así como me ves

soy más: una espina en un talón...

y nadie quiere acompañarme en mi martirio,

muy pocos entienden

que en todas partes estoy

y, en ésta, mi apariencia, no me atienden...

 

Y, ahora me voy”

dice el Maestro, mientras toca

con su mano la pared de la caverna,

retirando con la otra, de su pierna,

donde estaba apoyado, su bastón.

 

Y pasando, de la cueva, por su boca,

golpeando el piso y la pared rocosa,

con un rítmico sonido que se parece a queja,

su figura,

la impresión deja

en el solitario habitante:

que él mismo fuera

(el ciego, que un momento antes

era...)

¡qué, de ahí, se aleja!



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