José Antonio Vilela Medina

Nosocomio azul

…. Y llegue algo cansado y me puse a observar la pared bastante mohosa por la humedad, de la entrada principal.

Las rejas oxidadas se abrieron pero antes de pisar el camino empedrado, me di vuelta para ver el paisaje, gris por las nubes y el mar oscuro por el mismo reflejo de estas. Ingrese y me recibió una señora de rostro serio y vestida de blanco hasta los zapatos todo bien pulcro, con un gesto y una voz ronca, me dijo que la siguiera.

El camino empedrado y la fachada de la casona principal eran ya vetustas, pasamos por el jardín y pude observar a hombres y mujeres algunas trabajaban la tierra y otros podaban los rosales, las gardenias y enredaderas y cada uno a su costado un hombre de blanco tan pulcro como mi guía.

Pues ingresamos a un salón amplio de techos altos paredes algo ya descoloridas por el tiempo y unas cuanta sillas. A mi mano derecha un aparador y encima un libro al cual me acerqué ya que deduje que era para registrar mis datos.

Mi guía con la misma sequedad me indicó por donde seguir, era un pasadizo largo y volvió a sacar de su bolsillo un manojo de llaves y como por instinto saco la llave que abrió la reja de aquel pasadizo. A cada lado había puertas con números y una ventanilla pequeña las puertas se podían notar que eran de un gran grosor, la luz natural del día daba una iluminación que permitían ver todos estos detalles y en las noches la iluminación estaba encargada de unos viejos fluorescentes.

Mientras íbamos mi guía y yo por ese camino, que tenía uno cien metros aproximadamente de largo, se pudo oír gritos de amenazas, susurros, blasfemias y llantos que aterrorizaban.

Llegamos pues a otra entrada y volvió hablar mi guía:

-este segundo ambiente tuvimos que construirlo para casos……. –

Y volvió a callar.

Este ambiente estaba debajo del recinto del pasadizo que habíamos pasado y la entrada me hizo recordar a las clásicas catacumbas.

Al ingresar tuvimos que pasar por dos rejas la primera, dos hombres de blanco me pidieron que sacara todo lo que tuviera de metal y lo pusiera en una charola, imagino yo para que en un descuido no se me cayeran de alguno de mis bolsillos. La segunda más angosta solo había un hombre más viejo y caucásico, desde ahí pude tener la primera percepción de lugar, el olor era hediondo y en la pared pude observar una imagen de hades.

Ella mi guía no se inmutaba con el hedor, yo al dar unos pasos no podía más, el viejo y mi guía se dieron cuenta y solícitos me alcanzaron un paño con alcohol. Seguimos y el panorama era más espeluznante que el anterior hombres y mujeres casi desnudos en celdas de cuatro por cinco, mentes atormentadas, golpeándose, mordiendo sus brazos ya vendadas, la iluminación era escaza en el día, las habitaciones estaban formadas por rejas acolchonadas de una forma burda y separada cada ambiente por lo que parecía material de fibrablock forma de retazos de madera prensada a los cuales les había puesto almohadas y cojines, había también un inodoro empotrado que luego me entere que el material era plástico y la mayoría de veces pocos usados.

Y nos fuimos acercando a la celda a la cual quería llegar estaba inquieto y sentía en el estómago una fuerte angustia y ansiedad. Llegamos a la última celda que colindaba a la pared y en ella había colgada sillas plegables de la cual mi guía bajo una y la puso frente a la celda.

-Cinco minutos – dijo con esa parquedad que la caracterizaba.

Me senté y pude observar que está celda era la más oscura, y en ese instante se movió algo en su interior, y el hedor se me hizo soportable.

Y en ese halo de luz se dejó ver, pude ver su piel, su piel tan blanca como un papel y en ella cicatrices como si el tormento de lo vivido se hubiera puesto a escribir, su rostro era magro, sus ojos se salían de sus órbitas y eran cristalinos, sus labios resecos y sus cabellos que antes eran sedosos se veían resecos como mies cuando las cortan y las pones al sol, quería decir unas palabras pero no pudo.

Me acerque presurosamente hacia ella y me extendió su mano y yo la tome, sentí aún la fuerza que tenía y ahí en ese instante un frío recorrió todo mi ser y en el ambiente un aroma a rosas, canela y jazmín y ella murió…. Inés era el nombre quien inspiro mis versos, Inés fue quien no conocí, Inés fue la que muriendo en esa celda me saco de mi propia celda sin luz, hediendo en la que yo estuve, y sosteniendo su mano de repente trasmitiendo su fuerza por última y única vez la vi.



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