Renato Claudia

La mujer que no soporto el atardecer

Un hombre entra en una tienda y pide a la mujer que atiende que le dé un golpe en el rostro. La mujer le pregunta si lo quiere suave o despacio. El hombre no responde, su rostro no muestra el arrepentimiento que siente al no haber pedido algo mejor. Decide al final seguir con el golpe en la cara y no pedir lo que realmente buscaba.

La mujer golpe al hombre tan fuerte que inmediatamente el cielo se oscurece y cae de bruces hasta dejar un ruido seco en los oídos de los otros compradores. Indiferente una mujer formada tras de el en la fila, dice: deme el insulto que mi marido se guardó por la mañana y también la mirada nostálgica de mi madre al marcharse. La mujer que atiende pregunta si pedirá algo más, la clienta intenta recordar mirando al techo y termina con el pedido. Las lágrimas por las emociones encontradas comienzan a fluir.

Pasan las horas y la vendedora con rostro cansado deja el mandil-uniforme y avanza a la trastienda donde recoge sus pertenencias y sale de su local de trabajo. Al llegar a casa, el marido aun joven y con los gritos tiernos propios de su edad, le pregunta que habrá para cenar. Ella está cansada, pero decide sorprenderlo con un platillo especial. Pone manos a la obra y finalmente lo llama al comedor. Cuando el marido entra, su rostro molesto cambia de expresión a desagrado. La cena de abrazos de infancia, besos en un atardecer y recuerdos de verano no le han gustado para nada. Da algunos gritos y sale a caminar en la noche lluviosa. Las lágrimas de la vendedora caen.

Algunas cuadras más allá del hogar, el marido se siente mal y no conoce la causa. En el interior de la selva de emociones ha despertado algo oscuro que recuerda los gritos por acciones bien intencionadas que se hacen de niño y no son premiadas por los que queremos. Un verano de trabajo que enseño lo duro que es amar cuando nadie quiere confiar y la tristeza de su madre marchándose entre el azul de las televisiones y el naranja del atardecer. Él no lo sabe pero todas esas experiencias aún no han sido digeridas y se han atascado en sus entrañas.

Dime que tu rostro permanecerá intacto aunque no lo recuerde, dime la manera en la que sientes cuando escribo de ti.

La mujer se ha dormido esperando que el marido vuelva, esta recostada en el mueble de la sala y sobre la mesa hay varias dudas terminadas a medias y también sentimientos de perdón que ni siquiera han sido tocados. Siente compasión, él ahora comprende el porqué de su actuar tan bestial. La levanta en brazos, ella despierta, pero no dice nada, le gusta estar entre sus brazos, la lleva al dormitorio y la recuesta. El marido se saca los zapatos, la camisa y cuando se está sacando el pantalón siente una barra en el bolsillo derecho, la saca y es una barra de miradas furtivas a una niña que le gustaba en la primaria. El marido se recuesta y siente la piel de su esposa en la oscuridad. Ambos se abrazan y el descubre que ella solo fingía estar dormida, las emociones entrañables crecen y los abrigan hasta dormirse; se abrazan con fuerza.

Al día siguiente el marido despierta con dolores en el estómago y va directo a vomitar en el baño, la esposa se levanta en cuanto escucha el malestar y va corriendo junto a él, al llegar ve en la taza del wáter los abrazos de la noche anterior, no entiende que es lo que sucede si todas las emociones estaban frescas. Cuando el marido se recupera y habiendo expulsado todo lo sucedido, dice:

  • Me largo, ¿para eso querías que me quedara y me tragara tus emociones de mierda?

La esposa intenta calmarlo, pero antes que ella diga algo, el sale del baño; ella no puede hablar, no puede creer la manera en la que él ha arrojado sus emociones, lo ama y esto le ha dolido mucho; se cambia de ropa, moja un poco su cabello y así, lo último que ella escucharía de él sería la puerta cerrándose y los pasos en el corredor.

La alarma del trabajo la trae devuelta a la realidad. Se alista y sale de casa, en el camino no observa nada, la tristeza la ha invadido, sube al autobús y consigue un asiento, no se da cuenta que a lado suyo una mujer llora y más allá un niño le confiesa su amor a su abuela. A través del vidrio de bus el cielo gris mata todas las perspectivas de reconciliación, también desaparecen las imágenes de la soledad y todos los caminos llevan a la compañía de él. Dime que esta tarde pensaras aunque sea una vez en mí.

Al llegar al trabajo la fila de personas para entrar en la tienda es muy grande, hay maso menos 20 personas y todas parecen estar esperando mucho tiempo. Entra por la trastienda, el vigilante le entrega las llaves y se marcha a la parte frontal del edificio, deja todas sus cosas y se pone el mandil de trabajo. Todos apresurados, algunos riendo y otros llorando, hacen sus pedidos, se marchan o se quedan en los rincones. Ella trabaja mejor que nunca, es fácil cuando tu espíritu esta aplastado, es casi una máquina; en su mente el rostro y los momentos más dulces que vivieron se repiten una y otra vez, cada vez más idílicos que la vez anterior.

Al terminar otra vez la jornada, su espíritu a muerto y todo se a marchitado hasta el punto que cada movimiento vuelve polvo las esculturas del amor no correspondido.

En su mente el miedo pasa muy tenue y termina de marcharse hasta fermentar las decisiones.

En la trastienda deja el mandil y en vez de tomar sus cosas, se acerca a la bodega, abre varias cajas de abrazos, las toma y sentada, abrazando sus piernas, muere de sobredosis. Más tarde él la esperara, pero sus gritos ya no serán oídos nunca más.

Comentarios3

  • un poeta lirico

    Estupenda prosa con un mensaje profundo, muy ingenioso el manejo de la realidad y la fantasia, hay momentos que no sabemos como lector, en que parte estamos...felicitaciones y un abrazo

  • Alejandro_Gonzalez

    wow, casi se me caen un par de lagrimas... Me ha encantado.
    Saludos.

  • Mina Molina

    Hermosa descripción de una relación contaminada, con trágico final, pero se descubre mágicamente sentimientos rebeldes en acciones locas. Muy diferente, pero me gustó. Felicitaciones un gusto de leer!!



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