Samuel Santana

El otro inmenso funeral

Desde los tiempos inmemorables,

sin contar los años bisiestos,

 él había sido todo.

La blanca cabellera,

los surcos del rostro,

las manos aguzadas y

 la leontina en el chaleco,

eran muestras de la honra y

del poder indisputable de su nombre.

Fue él quien ordenó las flores en los caminos,

los sueños en las casas,

el muladar bajo el almendro,

los canarios en las perchas,

las farolas marítimas y

los recitales matinales de los recabitas.

El día de su muerte yo estaba

 en la esquina del pueblo.

Por eso vi lo que nadie más pudo atajar.

Los rincones estaban vacíos y

 las mesas desprovistas de ensartes.

El mar rompió sus esquemas tributarios y

 rodó por la platea en la funesta

 madrugada caprichosa.

Solo el payaso y los gitanos trotamundos

 escaparon del rocío invernal.

Pero la niña que estaba en la puerta,

escuchó el ruido desesperado

de los pájaros equivocados.

Bajo la silueta de la intensa lluvia,

antes del aurora,

dentro del zaguán había una sombrilla y

 un sombrero oscuro.

A poco para las diez de la mañana,

 sonaron las campanas,

 incluyendo las de los otros pueblos

 cercanos y remotos.

Era como si el mundo se hubiera hecho

 crepúsculo y un solo repicar metálico.

Las palomas se alborotaron cuando el

cortejo atravesó la plaza.

Los senderos estaban de flores amarillas

 recién cortadas con tallos y hojas.

En la glorieta, rodeada de mariposas enredadas

 en laureles cenizos,

ancianos conversaban mirando las agujas

 del reloj sobre la cúpula de la catedral.

Era el día del espanto,

cuando abejas trasladaban mieles

 a los montes y  muertos

 en el cementerio agrietado

 esperaban visitantes.

Con mantillas oscuras,

 mujeres lloraban junto a las plañideras alquiladas.

En el aire se sentía el hedor a puertas enganchadas,

a cirios sin colores, a tripas de higüeros tiernos,

a pezuñas deslustradas y a noches rancias.

Fue así como amaneció el día del suspiro.

En los patios de las casas más antiguas,

 fundadas desde la revolución agachada,

los comensales no rezaron

a causa del ruido de los cuervos enfurecidos.

Muchos rompieron las perchas y

se fueron a proclamar lamentos

por los árboles de las viviendas podridas.

Los señores de mentes preclaras

llegaron a la magistral conclusión

de que el orden de las cosas estaba invertido,

 diametralmente en yuxtaposición al fundamento

 de los puntos cardinales y de la santa madre iglesia.

Hasta las carrozas estaban

aparcadas en lugares inhóspitos.

No obstante, antes del amanecer

las puertas carecían de trancas.

Como siempre, el sentir de tarantines flojos,

el calor del café molido y la pena del pan recién cortado

 se metieron por los agujeros.

Frente a la puerta de la Misericordia,

 los poetas colgaron los versos y

 dejaron a las rezadoras el compromiso

de juntar los manantiales rotos y amargos.

Todos, en un estado de ensimismamiento,

 lloraron ante los santos óleos

y el olor a incienso.

Con el torso de la siniestra,

el padre secó los goterones de lágrimas

 en una aptitud nunca vista en un varón de Dios.

En el tiempo crucial,

el escriba errante aprovechó para dibujar

 el catafalco con el crucifijo,

la bandera de la patria,

el escudo primario,

el quepis impecable,

las gafas tinieblas,

los decretos antiguos,

el sable de héroe,

las condecoraciones congresuales,

la resolución de santo,  

las guantillas y los oficios pormenorizados.

En la hora de la fosa,

rodando a la media noche,

el cielo se vistió de cosaco,

las golondrinas se aparcaron,

las estrellas se mojaron,

las camándulas temblaron,

los perros se orillaron,

las hojas se cuartearon,

los niños se adormilaron y

los habitantes se confesaron.

Fue entonces cuando,

compungidos y en agotadora vigilia,

 acabaron por preguntarse,

 ¿y què será ahora de este pueblo desbanderado?

 

 

Comentarios1

  • nelida moni

    Esta sintonía, me deja desolada, los quiero amigos, para ti Samuel, dejas
    bellas letras
    Mi cariño amigo
    Nélida

    • Samuel Santana

      Yamila y yo nos fuimos lùgubre hoy. Gracias Nelida por estar ahì. Te aprecio.

      • nelida moni

        Igual amigo, con la diferencia que aprendo a quererlos a todos
        Nélida



      Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.