asherom

Campo de batalla

La piedra que vuela sin rostro
cortando el viento como una flecha
que busca el metal acuático.
Un chorro que sale en el momento
golpea el pecho dejándolo yerto,
pero adentro un corazón
que arde en fuego,
se levanta y corre como
persiguiendo un sueño.

Nunca había visto tal lucha
humana entre los elementos
en donde el fuego
es más que un tubérculo
estruendo,
es el sonido de la consigna
que no quiere ser lamento
sino la voz de un pueblo
que pelea entre silencios.

El metal escupe mierda
con hedor esparcido por el
viento, buscando cegar la sangre
o lavar con sangre el dinero
mientras el caparazón sin alma
se hunde en un odio muerto.

Dos orillas de la misma cosa,
una lavada, la otra llena de sopa
y raíces tales que abunda la sombra,
germina la caña y el licor desborda.

Dos orillas de la misma cosa,
una ciega de rencores e ignorancias sordas
la otra ha leído hasta manchas rotas
de libros tan viejos como la misma memoria.

El suelo suena como tambores,
el meteorito es ahora el brazo de la mujer,
¡sí! ¡aquella mujer hechicera!
(ya no se dejan quemar en la hoguera)
que bajo la misma tela del hombre
lucha a la par sin temores;
el aire lleno de humo,
los gritos van a apoyar valores,
perdigones vuelan a bajar los pájaros
y en la mitad de todo los elementos arden.

Es sólo una tormenta de relámpagos feroces;
llega a regar el campo de los pobres
y a levantar las tejas de los nobles.

Nunca había visto tal lucha humana
entre los elementos.
Así que saqué mi pluma
humana y dibujé en versos
cada flor y cada escoria de dicho roce.



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