Dario Villarroel Blanco

Que Nadie Sepa de Mí

Después que mis nudillos perforaran el papel manchado con tinta

me sumí pecho descubierto en una abrumadora sombra; mis poderosos hombros caen.

Amor fugaz, el rocío en la gélida escarcha con el albor extinta.

Aguardo a los lobos, siento golpear la sangre en sus yugulares.

 

Tambores continuos y pasos amortiguados se oyen en el suelo.

Un cortejo, una danza fúnebre cantada en lengua animal.

¿Cómo no recibir con éxtasis la recompensa que jamás creí merecer?

¿Cómo no ansiar morir contra un símbolo mío ancestral?

 

Sangre por sangre, aún sueño y vacilo si los dioses todavía me miran.

No tiembles, no dudes, ¡acércate ya espada de cobre!

introdúcete suave, dulce, deja que corra el carmesí y se encharque en la nieve.

¡Ven a mí ahora! Morir siendo un despojo de aquel que fue hombre.

 

Deshecho cuando tú desposaste a la muerte

y le pediste de condición acabar con mi martirio.

Ahora, no lobo sino amada, renaces para devorarme en mis horas finales.

Quizás son momentos previos a la extinción de mí, afortunado delirio.

  

Quiero que seas breve, que nadie sepa de mi sufrir.

Los gritos, las lágrimas que de mi puedan brotar no son de alegría

por verme al fin dispuesto a acompañarte para ser al fin juzgado,

ver como mi cuerpo fogoso y terreno torna en mera energía.

  

Sí, tú, mi Diana, la mujer que hizo temblar mi suelo, ya áspero.

Si en mi suerte es contigo con quien la vida pierdo,

ruego sea temprana mi ejecución para regresar a ser viento rugidor.

Así mis días de soledad sean una pesadilla, así tan sólo un mal recuerdo.



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