Dogen

Esos que aman

¿Quién no ha despertado un día cualquiera rodeado por una espesa bruma, obscura de temores y dudas; pesada... pesada como la vida misma?

¿Quién no se ha ido a dormir en algún momento con el afán de ordenarle al cerebro que se detenga, que no inquiera en las razones del alma y que en las agitadas aguas del sueño pierda su naturaleza hostigadora?

¿Quién no ha vuelto la cabeza al cielo en un suspiro largo, largo, mientras la tristeza hunde los pies cual plomada hasta lo más profundo de los recuerdos?

¿Quién no ha golpeado con su puño repleto de ira al muro de la desesperación?

¿Quién no ha llorado sólo, encerrado, doliente; mientras los labios palidecen ante los espasmos de la tristeza?

¿En qué persona no ha recaído la gloria del saberse único? De conquistar las barreras del primer contacto y hacerse con el más exquisito botín de la compañía. Como contrapeso al asedio interno, la respuesta a la querella interpuesta por la razón para ser la única consejera.

 

Esos que aman, amantes, amigos.

Ésos que se equivocan.

Ésos que hallan en nuestro dolor el suyo.

Ésos que no mienten porque desconocen un eslabón débil. 

¡Quien, despertando un día cualquiera rodeado por una espesa bruma no ha encontrado en la compañía un soleado claro en la tormenta!

 

Allende la calma de una alta mar silenciosa, se urge, grisácea, la borrasca colmada de pesares; el viento arremete cíclicamente con pequeñas crestas de lo ambiguo, de lo ufano, de la soberbia. La superficie se torna añil expulsando la espuma en forma de venenosas serpientes. Viene lúgubre la manta, se acerca implacable el olvido.

 Es entonces, lozana, que una mano gallarda atraviesa el pecho que se encoge, ni vana ni endeble enerva la inminente bresca y nos defiende con ahínco hasta la muerte.

¡Cuál gozo, si no es éste! Que entonces conocemos nuestro sino, faustos, ebrios de fortuna en las manos de un amigo.



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