Samuel Santana

La partida

Sentado yo en este tren,

pienso en ella al contemplar las

nubes oscuras en el firmamento y al sentir

 la aurora descolgarse.

 

En esa inmensa expansión,

de olor agudo metálico,

un hueco insondable se llena de luz

 y de mar azul.

 

La veo como la vi por primera vez: púrpura.

Su silueta era en pasos cortos

y su chal de ondular

al compás de la blanca brizna.

 

Su voz, al recitar la plegaria,

emanaba copos dorados de silencio

en la lluvia tardecina y un

crepitar de llamas vivas.

Pero la ilusión era de canto y colores.

 

En tanto que el recorrido se hacía largo

y los vagones rechinaban de adiós, el

reloj marcaba un tiempo de eternidad.

 

Entre los prados ondulados

saltaba la soledad.

Eran olas de flores

y distancia insalvable.

 

Cuando el halcón pluma gris

hacía su rodaje en las alas del viento,

supe que, en ese instante,

parada frente a la venta profunda,

ella tristemente apretaba entre

sus manos nuestro último retrato.



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