Raiza N. Jiménez

LA CIGUEÑA II



Mi casa era el paridero
de las mujeres del campo.
Cada mes, ese lugar santo
se revestía de misterio 
para recibir un heredero. 

Nunca se fue al cementerio,
eso lo recuerdo tanto,
toditos los carajitos 
nacían casi benditos,
venían, y qué, sanitos.

Cuando llegaba Yolanda
toda vestida de blanco
y con su maletín marrón,
como si fuera una vianda.
No le apartaba la vista, 
cuando iba hasta el fogón
para ver si lo ponía en un banco.

¡Pero que va, mi amor! Ni siquiera
en un cajón, dejaba su maletón!


Todo era movimiento y 
quejas por montón.
Con la mayor diligencia
disponían agua hervida,
sabanas, paños y cobijas
y remedios para la herida.

Mi hermana junto conmigo
no les perdíamos pisadas
y todo eran miradas 
de tu conmigo y yo contigo.

Los adultos no entendían
que con esta mente mía
era cuestión de días.
La verdad me asaltaría
y yo me la encontraría.

Así se llegó ese día en que
Yolanda estaba sola,
esperando para entrar al baño
y corrí y le traje un paño
y entonces le pregunté:

¿Mire usted señora, qué lleva
en el maletín?

Y la mujer presurosa
en medio de su trajín,
agarró duro el maletín
y me dejo´ ver nada más
que estaba lleno de tijeras
de las que usaba  mi mamá
que era una costurera.

Mi asombro se hizo mayor
y entonces le pregunté:

¿A quién le va a cortar la tela? 

La señora me miró, con cara de pocas ganas
y le guiñó un ojo a mi abuela.
Que enseguida me gritó: mira muchacha
haragana, anda buscar tente allá,
ponte a estudiar, que hoy no
tienes escuela.

En medio de la sospecha,
yo no me fui más allá y

me puse más acá.

Como nada estaba aún claro,
me instalé a vigilar.
muy paradita en el suelo
con la vista allá en el cielo.
quería ver la cigüeña bajar.

Pero no tuve consuelo,

Porque no la pude avistar.

Nunca bajó la cigüeña, pero
al rato me enseñaron una
coñita pequeña, toda 
vestida de rosado, como 
el que no tiene pecado y

Lo quiere apaciguar.

¡Ella modosita convino!
¿Por dónde entró?
le pregunté a mi hermana…

¨Es un milagro divino, porque
nunca vi cómo vino¨.

¡Que milagro, ni ocho cuarto,
aquí hay gato encerrao!

¡Grité, como el que los ha pillao!

Fue tan grande mi insistencia
que mi querida abuelita,
en nombre de la ciencia,
se tocó su barriguita y me dijo:
los niños nacen de aquí.

 

¡Y yo toda protestona,

me fui, mirando fijo a la comadrona!

 

 



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