Dogen

Crónica de un Poema

Hoy, leyendo a Sabines recuerdo los últimos acontecimientos en mi vida. La sinceridad violenta con la que el autor golpea en cada línea se vuelve un recordatorio de lo que falta, lo que no llega, lo que se esconde.

Aún, escaso en palabras e intenciones disfruto con buen masoquismo la lectura esperando el momento en que sus letras devenguen la esperanza o la maten sin misericordia. Pero, no quise terminar con el corazón hinchado de tristeza y me sorprendí respondiendo con rencor en cada estrofa, un ebrio y doloroso eco con ojos firmes murmurando:

 

Hoy gano de ti, de tu ausencia,

de mi persona sin ti. 

Gano de tu boca callada,

de tu voz que no llega,

tus palabras vacías de ti.

 

Encontré pecho adentro un motivo para continuar enunciando frases de alivio. Poco o nada tenía que ver entonces ya la poesía de Sabines con lo que mi lívido puño alcanzaba a transcribir. Obedeciendo inexorablemente al capricho de un hombre en detrimento, en el ápice del dolor:

 

Ya no te extrañan mi ojo

ni mi boca, no te extrañan mis dedos.

Te piensa mi costumbre como suspiro añejado,

-Deseo tonto e ignorante

con la imagen vieja de ti,

la vieja foto feliz-.

Hoy ya sólo te extraña el dolor,

la versión mísera de mi persona,

te extraña la peor parte de mí,

la que ha de morir sepultada,

la que ha de comerse a sí sola.

 

¿Qué expresar, pero principalmente cómo? No cabe duda que en el rostro de la coincidencia encontramos rasgos inequívocos de la costumbre. Forzamos lo nuevo a imitar lo conocido. Se agita pues, mientras continúo, una breve pero insoportable necesidad de ser:

 

Hoy gano de ti,

de mi corazón que ha olvidado

la manía de latir contigo,

de mi sangre que pierde lo negro

de tu aventura y gana lo rojo

de mis sueños,

Ya no te extraña mi ojo,

mi boca, mi recuerdo.

Sólo sos ahora pasado,

-una esquirla de tiempo en el pecho-

una absoluta necedad de muerte.

 

Vaivén, la marea se mantiene siempre donde menos necesaria, proceso –dicen los que saben- de luto, transpiro en la noche salada envuelto con sábanas de ira. El amanecer nunca ha estado tan lejos; aún con las aves anunciando su venía.

Calma, silencio, apenas escucho el pensamiento. Viene el alba bostezando alivio. Es el cansancio del final, el inicio, una broma de la vida.



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