Raquel Lainez 1980

La muerte de una Ninfa

Con el último rastro de luz
llegó la niebla que se tiñó de rojo,
La Luna brota lágrimas de cristal
al ver el cuerpo inerte de la ninfa.

Los guardianes del bosque
recogen su pequeño cadáver
mientras las hadas llenan el camino
de racimos de flores de colores tornasolas, róseas y carmíneas,
el aullido de lamento de un lobo se escucha a lo lejos
y los espectros de la noche tocan el Laúd.

El nuevo día sale con el albor
y con él; el fulgente Sol,
el Astro Rey bajó y frente al féretro dijo:
Por milenios nunca había visto tal muerte
de una criatura tan virtuosa y límpida
¿Quién fue el que te dio muerte mi pequeña ninfa?
¡Acaso fue una bruja o un hechicero!
-exclamó el Sol indignado-

A los pies del Astro Rey llegó un gnomo
en desconsuelo expresó:
Ella murió de amor,
se enamoró de un humano
y como tal ser mortal;
la engañó fingiéndole amor eterno
tal criatura inocente de tanto llorar,
su corazón se secó y dejó de latir.
Ella vagaba por el bosque cansada de sollozar
no soportaba tal dolor y mal
para olvidar así a su enamorado
que se encontró al azar
de tan negro hado y engaño amor.

La noche comenzó a llegar
y La Luna bajó
besó la frente de la ninfa y expresó:
¡oh!... Mi inocente chiquilla
tú que no conocías de amores y penas
y vete aquí dentro de una caja hecha por las crisálidas.
¡Adiós mi querida ninfa!
¡Adiós!

La noche se adentraba cada vez más
entre agonía eterna, terrible y dolorosa
mientras las criaturas del bosque
pusieron el ataúd en el vergel
y entonaron varias cantigas
hasta que la noche dejó de brillar.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.