Oscar Perez

Que el amor regrese a casa

Que el amor regrese a casa

 

Quiero amor para todos, para el árbol

que lo mismo declara al repartir hoja por hoja,

para el niño que corre con los brazos abiertos

a encontrar a un amigo o a sus viejos abuelos,

para el mundo que ignora lo que sabe del beso,

pero besa en tinieblas a quien caiga en sus labios.

Quiero amor y de día, en plena concurrencia

de la gente al trabajo, al cine, a los mercados,

que los bonos de amarse valgan más que los de oro,

que nadie compre o venda su ilusión en un pasillo,

que regresen los ángeles, las hadas, los libros

en que está por escribirse el final feliz y exacto.

Quiero amor en los tiempos de la absurda indiferencia,

del mundo sin timón, de los días sin conciencia,

del peso de rodar sin más sentido que la rueda

o apenas de girar sobre un pivote sin sentido.

Hay algo más allá que las narices de concreto,

que el horario por cumplir, que ciertas cuotas de hambre,

hay algo más que proseguir aparentando un rumbo,

dejando el sol sin luz, el mar sin agua,

la tierra sin los bosques que nos nutren

y el muro en la ciudad lleno de orines que lo pudren.

Quiero amor aquí y ahora, declarado en los templos,

en el cenáculo del congreso, en las aldeas,

en las pescaderías, donde el precio del lenguado

algo tiene que ver con la tristeza de sus ojos,

amor en los estadios, en los buses,

en las fuentes de soda que se llenan de estudiantes,

en los balcones de palacio, en las estatuas,

en las vitrinas donde se miran los muñecos

sin atreverse a dar el primer paso hacia la calle.

Y de verdad para todos, para el terco comerciante

que vende a tres lo de uno, que saca y saca cuentas,

no importa si el de atrás no tiene pan en su cocina,

no importa si su empleado no puede con los dividendos

o si en su propio hogar los niños quieren más

un día de ir al parque que esos trajes tan costosos.

También para el amor, ese a quien a veces nadie llama

o le pregunta cómo estás, han conseguido que te miren,

para el amor que vaga por las calles del infierno

sólo para salvar nuestros ególatras destinos,

para el amor que sufre porque no lees sus cartas,

para el amor que aguarda porque sabe ser paciente

o se vuelve loco un día por no dar más de cansado.

Para todos, pues, amor, amor del bueno,

del hombre a la mujer, de la mujer al hombre,

de todas las parejas posibles en el mundo,

que el domador se aleje con el payaso de la mano,

que el dentista se atreva a ser marido del ministro,

que todos los faroles se desposen con la luna

y que al final usted y yo, sin conocernos, nos besemos.

A nadie importe ya que los prejuicios nos dominen,

a nadie le aten ya sus viejas concepciones,

si hay algo que salvar es el amor, pues él nos salva,

si hay alguien a quien besar, es ese a quien primero

encuentres, tras el libro cerrar camino a casa.

 

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13 03 16



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