Esteban Mario Couceyro

La goleta

La goleta, corta el mar como un cuchillo, la carne y observando la herida, el marino piensa en los por qué de la vida.

Su brazo cuelga de la soga, casi en la misma tensión, formando una estructura con la nave, mientras miraba en proa las espumas rizadas desplazadas por la roda.

Sus ojos hipnóticos, poseídos por el oleaje, hablan del abandono en que se había sumido, lejos del mando de su barco, el marino se dejaba embargar por los recuerdos.

Nadie sabía cuales eran, ni por qué lo ponían en ese estado, la tripulación, ante el hecho, solo podía dejarle y no se atrevía a molestar.

Habían pasado ya dos horas, que él estaba parado sobre la proa, inmóvil, desafiante al vértigo del incesante paso del mar, cuando aparece la pasajera, sobre cubierta, buscando anhelante al marino, para hablar con él de los avances de la navegación y de cuantos días faltaban para el arribo a destino.

Cuando lo vio, rápidamente se dirigió hacia él y tocándole el brazo, le pregunta si podía hablar unos instantes.

Bruscamente, el marino, da vuelta su cabeza, que el viento, hacia semejar una medusa. Con los ojos enrojecidos y balbuceante atina a decirle a la dama, que lo acompañe a la cámara, donde le mostrará las cartas de navegación. Dicho esto con una expresión de infinito dolor, que no pasó desapercibida por ella.

 

Ya en la cámara, recompuesto y tomando té, le indica, cuál es el cálculo estimativo de arribo a destino, cuándo ella, con aparente torpeza, le pregunta por qué estaba tan absorto mirando el mar.

 

El marino, la observa con calma y deja pasar una eternidad, hasta que  comienza a decir, que lo que estaba haciendo, era ver el comportamiento del agua, la  característica de las espumas, al ser batidas por la roda, en busca de indicios que le llevaran a saber de las criaturas del mar profundo.

Tan hermética explicación, dejó sin palabras a la pasajera, solo sus ojos, medían la preocupación que sugerían esos dichos. Impensadamente, la dama en el límite de su dominio, le dice, “le ruego que me diga la verdad...”

Los ojos enrojecidos del marino, tratan de ocultar el temblor de sus manos, al llevar la taza de té a sus labios…

 

Luego de unos instantes, que a la dama le parecieran eternos, el marino se sobrepone y comienza su oscuro relato.

 

Señora, usted desconoce las razones que llevan a mi comportamiento enigmático y me resulta comprensible su preocupación, por ello le contaré los pormenores de mi conducta.

 

Dicho esto, el marino comienza a servir en pequeñas copas, un licor de color ámbar y fuerte aroma a hespérides.

 

La mirada de la pasajera, estaba presa de la faz del marino, acompañando las expresiones del mismo, tropezando en cada una de las marcas dejadas por los años y la sal.

Su intuición de mujer, se dejó llevar por pensamientos que decían del sufrimiento marcado por todo tipo de inclemencias, en ese hombre enigmático.

Miró las manos, asomando de un gabán azul, ya algo desteñido por los soles vividos en el mar, le parecieron fuertes herramientas labradas en incontables maniobras marineras.

Manos francas, dispuestas a todo, que supieron ser gentiles seguramente, tanto que las imaginó tomando las propias, como si llevaran en ello un gesto de amor.

 

Este último pensamiento, la despierta aturdida, en una realidad enigmática.

La mano del marino, le ofrece suspendida la copa de licor, que ella toma con infinita delicadeza, llevándola a los labios que se confunden entre la fantasía y la realidad  posando un beso que quizá nunca dará.

Sonrojada por la confusión, toma un poco del licor de naranjas amargas. Sintió el fuego ingresar en el cuerpo, como si así fuese lo que tantas veces imaginó del amor, en lo profundo de su intimidad.

 

Ante el atento silencio de la dama, el marino comienza el relato que pensaba, tranquilizaría a la pasajera.

 

Señora, hace muchísimos años, navegando en otra nave que ya no existe en la superficie del mar y siendo un joven capitán, llevaba al igual que hoy una sola pasajera, hermosa dama, que aún recuerdo cada vez que la veo a usted. No se contraríe por lo que puede parecerle una torpeza de un hombre rudo, ya soy un viejo marino, sabedor de la vida y sus locuras, no tema mantendré la distancia que sabe un caballero guardar.

La pasajera, en este punto, solo podía mirar absorta por los efectos del licor, con ojos dilatados y entendiendo poco de lo dicho por el marino.

Los dos, cada uno en su mundo, disparaban sus pensamientos anárquicos.

Ella, le contesta con automaticidad. Señor, se de su caballerosidad y respeto a una dama, además sus manos, me dicen más de sus intenciones, que las palabras dichas…

Cuando escuchó ese disparatado comentario, el marino miró con detenimiento a la pasajera, dándose cuenta en sus supuestos, que el licor era demasiado fuerte, para tan delicada dama.

 

Al verla detenidamente, sus rasgos le parecieron los de aquella joven pasajera que refiriera.

Sus gestos, el porte y por sobre todo la similitud de la situación, que sus recuerdos traían al presente, desde que la pasajera pusiera pié a bordo.

 

En estos pensamientos estaba, cuando comenzó a percibir un cambio del oleaje, seguido por órdenes gritadas por el contramaestre.

 

El marino, tensó su cara, pero no se movió, solo se sirvió otra copa de licor.

Señora, en ese primer viaje al mando, tuve el infortunio de naufragar. Este viaje, coincide en demasiadas cosas, con aquel malhadado recuerdo.

 

La pasajera, con algo de torpeza y un distraído mirar, le pregunta, Dígame la verdad, naufragaremos nuevamente…

 

El marino, empina toda la copa, la mira fijamente y le contesta un rotundo si.

 

Ella, en el colmo de la desesperación, grita histéricamente, Por qué, por qué me dice eso…

 

Lo vi…, hace un rato, en la proa, cuando usted me interrumpió, trataba de interpretar, la condición de las aguas del mar, ese color oscuro que solo he visto en las profundidades.

Debo confesarle, señora, que temo lo peor en este viaje, no debí aceptar que viniese, ni comprometernos en llevarla a tan recóndito destino, el mismo que tuviera entonces.

El destino, ha llevado todas las casualidades, hacia un nuevo naufragio.

El marino continuaba confesando su angustiosa realidad, sin ver que la dama, en la cúspide de la angustia lloraba, aferrada a la mesa por la intensa escora, producto del viento.

Del exterior, llegaban los gritos de la tripulación, los fuertes golpes del oleaje, correspondido por los crujidos de las maderas de la goleta.

Del otro lado de la mesa, el marino levanta lentamente la mirada y su rostro se tensa ante la visión.

 

Ve como la pasajera, se transforma lentamente. Observa las caderas cubrirse de pequeñas escamas tornasoladas.

Sube la mirada observando el torso ya desprovisto de ropas, que muestra pechos de nacarado oriente, destacando la hermosura que ya había visto en el naufragio, recordaba cosas olvidadas en tantas tabernas, durante su vida de marino.

Mira el rostro y su corazón se detiene al ver el mismo que debió abandonar aquella desgraciada noche, en el fondo del mar.

La joven dama, había regresado, con sus cabellos dorados, entorchados de verdes algas y rojos corales.

En el cuello, vio el brillo del lucero, que lo recibió al emerger de lo profundo del mar, llevado por dos sirenas de blancos pechos y ojos azules como el cielo.

 

La pasajera, lloraba en medio de la incertidumbre de ver al marino fuera de si y de la zozobra en que estaba la nave.

Veía al marino, cómo la miraba sin ojos, agarrado a la mesa, subía y descendía con el movimiento enloquecedor del oleaje.

 

Ya sentía, el agua mojar sus pies, cuando el marino llega a ella, abrazándola.

 

En medio de los fuertes brazos de él, su congoja se calma y atina a preguntarle al marino, si naufragan, que hará…

 

El marino, abrazándola con ternura le contesta, sabía que regresarías para besarme nuevamente, para llevarme al fondo del mar, sin maderos ni velas que puedan separarme de ti. Solo pido que no me dejes huir nuevamente a la vida.

El marino besa amoroso, a la pasajera, dichoso de haber encontrado al amor.

La pasajera, no sentía el decir del marino, el beso que jamás había recibido, ocupaba su vida, la totalidad del universo, enamorada de esos brazos y esa boca colmada de amor.

 

El naufragio, ocurrió en medio de un gran oleaje, en una noche estrellada, que titilaba de compasión, por esa pareja abrazada en un eterno beso, cada uno en un mundo distinto, pero ansioso del otro.

 

Al amanecer, el cielo espléndido, la calma y una suave brisa, decía de la felicidad en la profundidad oscura del mar.  

                                                                                  

 



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