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Oscuridad consentida.

Tuve un sueño que no era del todo un sueño, y como Byron temí que la oscuridad se abalanzase sobre mí.
Un autobús lleno de gente que simplemente mira al frente. Personas de las que sólo veo la silueta de sus sombras en un túnel eterno mal iluminado. Sin rumbo fijo, dejándose llevar por estas ruedas que vacilan sobre el asfalto aún helado. Laderas blancas a mis lados me hacen sentir el punto negro sobre el yang. Rayos de sol atraviesan las nubes y deslumbran con su reflejo, engañando con un calor placebo, que solo me hace darme cuenta de que sigo viva.
Y mi vida se une al saco que contiene las de todos estos desconocidos que me rodean; tantas almas y tan poco espacio.
Si las ideas pudiesen verse, contemplaría un arcoíris de reflexiones sobre sus cabezas quietas de mirada fija en el infinito, desde mi asiento, cual espectáculo de fin de año, repleto de luces y ruido.
La insignificancia se apodera de mí, me siento nada entre estas gentes inconexas arrojadas sobre su individualidad. Y entonces me siento egoísta por un momento, porque si ahora no importo para nadie de los aqui presentes, quizá tampoco ellos deberían importarme a mí. Me pierdo ahora en mis pensamientos, dejando de buscar colores sobre cabezas sombrías, para pasar a rebuscar entre mis sombras. Pero esto ya, no lo cuento, porque encendéis la luz de mi oscuridad consentida, y yo no quiero que se vaya.



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