Santiago Miranda

J

En la universidad conocí a una amiga.

Se llama Javiera. Es alta y delgada. Tez blanca y cabello oscuro. Brillantes ojos negros

Ella era un poco mayor que el resto, su adultez reflejaba sabiduría que nosotros no teníamos, algunos tampoco nunca tendrían.

Siempre tenía algo inteligente que decir y extraño bastante sus conversaciones.

Javiera con su bajo perfil intentaba pasar desapercibida. Entre la ciudad gris color su movimiento tenia, y estelas de flores bordadas a paso fugazmente imprimía.

Intentaba llamar la atención pero no podía. Es de esas personas que se mira en los reflejos, de espejos, de anónimos cristalinos , mientras ensoñada deambula de un lado a otro, liviana, casi flotando. Buscando las miradas perdidas, de este o de otro lado que a su encuentro caminan.

Busca las miradas y las encuentra (pero no paranoícamente o quizás  sí, un poco).

Ella solo se pregunta: ¿por qué me miraran todos?, ¿estará todo bien?,  Se decía

Tiene una risa explosiva y la gente se gira a mirarla ¿estará todo bien con ella?, Quizás se preguntarían

Ella siempre tiene algo inteligente que decir, lo remarco, incluso cuando equivoca en los reparos. Suele tener el celular en su mano, cuando está conversando, así suelo recordarla. Y escribe rápidamente mientras nos habla. Con alguien más que nosotros, quizás un fantasma.

Por lo que he sabido está soltera y a veces me parece que siempre ha sido así. (No tengo la menor idea de cómo es posible. Pero la vida en el fondo prescinde, del sentido humano en todo lo que se realiza, lo absurdo cobra sentido y va tras nuestra almas en caza, miento).

Así es como me doy cuenta que nada entiendo, nada de nada nada nadar en este mar de dudas

Hay veces en las que uno necesita algo inteligente que escuchar, algo cuerdo, a veces solamente algo. Entonces le envío algún mensaje y que después de haberlos pensado bastante, son respondidos brevemente al instante.

A veces una conversación se hace esquiva con sus réplicas cortantes. Así es como me quedo con mi silencio y la dejo con su paz. Con su vitrina bañada de azar.

Le gustan las jirafas y el buen cine. Las fotos en blanco y negro. Y leer poemas de amor, de esos que un hombre como yo, no los puede terminar por las náuseas que le provoca tanta felicidad, inocente en tan pocas palabras. Déjenme con la venganza y con la sangre. Con la tristeza eterna de los muertos parlantes y los amores rotos definitivamente, sin retorno.

Pertenece a una raza extinta, para tiempos postapocalípticos. La promesa del fin del mundo vuelve y se esconde, una y otra vez. Una y otra vez. Mil veces una y otra vez. (en ella y en mí)

El peso del tiempo es un tema para ella. Encaja muy bien como protagonista de su propia novela.

O mejor dicho de una película. Algo como el cine francés de los sesenta, alguien como Anna Karina o de remota intermitencia Isabelle Adjani. Como si hubiera sido cortada y llevada a través del tiempo. Y es que su movimiento en el espacio es agradable y gracioso de mirar. Ella levita entre los muertos, entre nosotros en la ciudad.

A veces cuando necesito conversar con alguien pienso en ella. Otras veces simplemente le hablo. No corren varios días sin que me pregunte ¿Qué estará haciendo ahora?

No se. No tengo idea. Pero certeramente algo que todos harían a esta hora.

(a Javiera Rojas)



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