Franz Talithier

Alcanfor

Alcanfor

 

 

En la vida he recibido cartas que por un motivo u otro fallecieron entre cenizas de chimenea compartida, en noches en las que un verso no era un verso si no un sentido de escritura inconclusa y tinta desparramada por la piel. Han sobrado muchas de ellas que alguna vez espero yo leer o sentir su fiebre pérfida de perfume de piel morena que tanto he anhelado.

La última carta llegó hace seis meses atrás, negra y sin sobre, solo el perfume deshecho y tibio de una tregua con cara de luto y paz boreal; así y todo dejé su cuerpo de papel manchada sobre la mesa de luz, me detuve en su frente, y al final la dejé descansar en un catre abandonado dueño de canas y de años vagos.

Mientras hoy la enfermera me cambiaba las toallas sentí su aroma nuevamente como aquel que siente su cabeza recostada contra la queja de la desesperanza, y cierra sus ojos lentamente. Me he acordado que su relieve transmite una muerte de autopista o a viejos amigos jugando ajedrez, de peones atravesados en la garganta de caballeros implacables.

En dos o tres días he de rememorar la muerte (El medico habló, una verdadera lastima), el mismo perfume heredado por mis humildes antepasados y que espero que mis hijos sepan recordar.

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