Viento_de_Levante

NO LLUEVE EN LOS CEMENTERIOS

No llueve en los cementerios

 

 

Recuerdo aquella tarde como si fuese ayer. Como siempre, salgo de la escuela, mi madre me da la merienda, un tarugo de pan seco y una onza de chocolate, me reitera que lleve cuidado e inmediatamente salgo zumbando a contarle historias a mi nuevo amigo y a escuchar las suyas, que son apasionantes.

Estamos a finales de septiembre, los días en que la vendimia está en su apogeo. Se cortan los racimos y su jugo, dulzón y alegre, hace chasquear millones de lenguas abrasadas por la sed. Eso se lo he oído contar a mi padre, porque por aquí no hay viñas, o al menos yo no he visto ninguna. Acá es el zumo de manzana el que quita la sed, y que, una vez fermentado, le llamamos “sidrina”.  

 

Cada vez se acorta más la tarde por eso quiero llegar pronto y empezar a charlar con él lo antes posible. Me siento en el sitio de costumbre y mi amigo no tarda en estar a mi lado. Lo primero que me dice, después del saludo cariñoso que me dedica, es que hoy no nos vamos a contar ninguna historia, hoy quiere que le hable de mí, desea conocerme a fondo.

-¿Por qué, todavía, no me has dicho tu nombre?- me pregunta con extrañeza-.

Le explico que no tengo nombre, que mis padres comenzaron a llamarme <nene> y con nene me quedé. Al viento le dio por reír y me dijo que, sólo por eso no podía ser, que debía de haber otra causa.

-Bueno- respondí, les oí decir que el día que decidieron ponerme un nombre, estuvo todo el día lloviendo por lo que les dio pereza mojarse, y luego ya, fueron dejándolo pasar de un día para otro.

Mi amigo frunció el ceño y dijo -¡Ah! ¿Conque es por eso?

Y guarda un larguísimo silencio. -Al fin dice, con tristeza. –Pues a partir de hoy, yo te llamaré <chico sin nombre>.

-¡Vale!, Me gusta-, dije yo encogiéndome de hombros-.

 Un nubarrón gris-oscuro avanza sobre el mar y, amenazador, nos mira desde la altura.

-Viento, tengo que marchar o me voy a poner como una sopa.

-¿Temes mojarte? Chico sin nombre, los hombres y las mujeres valientes, cuando caen los aguaceros fuertes siempre se mojan.

-Pero… ¿nunca se resguardan de la lluvia?

-No, chico sin nombre, eso lo hacen otros.

-¿Qué otros?

-Pues los que, cuando ven caer cuatro gotas corren despavoridos a cobijarse bajo cualquier techumbre, aunque esta les amenace con precipitarse sobre ellos. Los que retiran los aperos de la labranza y dejan los surcos a medio arar por una nubecilla chiquita que les mete el miedo en el cuerpo.

Mojarse es bueno, Chico sin nombre, hace fuerte a las personas y les enseña a saber dónde está su sitio.

-Pero es que… la ropa… el calzado.

-¡Bobadas! Mójate, mójate siempre Chico sin nombre. Mójate hasta que tus pies se hundan en el barro, hasta que no se distinga el color de la ropa que llevas puesta. Hazlo y te sentirás orgulloso de ti mientras vivas, de lo contrario sentirás que habitas en los únicos lugares en los que nunca jamás llueve.

-¿Qué lugares son esos, amigo viento?

-Los cementerios, chico sin nombre, los cementerios.

-Pues yo he visto caer agua en el cementerio de mi pueblo.

-No es agua de lluvia lo que allí se desprende del cielo, chico sin nombre, sino puras lágrimas de impotencia.

 

Esta tarde me he ganado con creces la gran reprimenda que me espera al llegar a casa.

 

 



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.