Viento_de_Levante

La tarde de los tranvías azules (Quinto poema del poemario "A solas con el viento")

La tarde de los tranvías azules

 

 

Pronto comprendo que el viento desea ser mi amigo, no me hace tambalear y en los casos de más peligro, cuando me asomo, temerario al vacío, él cambia de dirección, se coloca frente a mí y me frena con su aliento evitando así una posible caída mortal de necesidad.

Pienso que acabo de llegar, sin embargo, él lleva un tiempo inmemorial esculpiendo los peñascos de los acantilados.

Yo estoy absorbiendo los primeros minutos de mi existencia y él es un anciano de barba y cabellera blanquísima. Él lo sabe todo y yo todo lo ignoro, mas el viento desea hablar conmigo, contarme infinidad de historias de un pasado lejano y también de un futuro incierto. Me pide que le escuche, me siento sobre una piedra y me dispongo a complacerlo.

 -Hace algún tiempo-. Me dice- vivía un niño parecido a ti, por estos lugares. Se llamaba Raúl y era muy guapo, rubio, de ojos verdes, que centelleaban metálicos compitiendo con el oscuro de los puntiagudos cantiles. Y además era muy inteligente.

Una tarde en la que yo no tenía prisa por volar le pedí que me contara sus sueños. El niño se puso muy serio y me dijo que sus sueños sólo los podía contar a quienes creyeran que todos los tranvías del mundo eran azules-.

-Quedéme desconcertado por la extrañeza y le dije que así lo creía, fue la primera vez que mentí, impelido por el deseo de oír el argumento de sus sueños. -Dice tristemente el viento-.

-El niño recuperó su sonrisa y abriendo sus bracitos hacia mí, me contó un sueño que según él se repetía noche tras noche.

-Verás amigo viento –dijo con voz cantarina-. En el pueblo donde vivo, tú siempre ruges con rabia entre las ramas de las encinas. Hay allí seres que sobreviven en largas noches dónde nunca se hace de día. Incluso algunas veces los ríos se tiñen de rojo y se escuchan sollozos interminables.

Pero yo veo que por mi pueblo pasan continuamente tranvías azules y todos paran a la puerta de mi casa, entonces yo me subo a cualquiera de ellos y me lleva a una ciudad que hay en la falda de una colina lejana. Allí nadie cierra las puertas a nadie, gentes de piel multicolor se cruzan y sonríen, se saludan y se paran a charlar. Tú pasas ligero y suave, casi sin darte cuenta de que allá jamás se pone un sol que luce cálido y esplendoroso.

 El viento ha detenido su relato y en su imaginaria garganta se percibe un tono lo más parecido a una contenida emoción.

-¿Qué fue de Raúl? –Pregunto, intrigado, al viento, temeroso de romper su silencio-.

 -¡Creció! Y los tranvías azules los fueron, poco a poco, pintando de cualquier otro color.

 -Responde, contundente, el viento acelerando su velocidad.

 

 



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