eduardoadvenido

Siete Litros, por Aurora Dacruz

LITRO PRIMERO DE LA SANGRE No voy a dejar ni una mancha, hay de todo ahora para calmar la sed de una obra en casa. En el gran centro para la magia hay mecánicas que sacan la sangre y empujan con un programador hasta una maceta de donde no se sale. Muerto en extrañas circunstancias en un piso de 20 metros, después de quedarse seco por regar las plantas. Muerte automática, y el jardín tan rojo que da pena que le corten esas ramas. Profunda cosa entre las hojas. Profundo muerto que por dentro no le queda ni una gota. Pero yo sé que esta historia necesita la ayuda de un final que la haga fértil. Claro que sé que el tiempo se ha hecho un hombre y se ha puesto por encima del ombligo el viejo pantalón de campesino estéril y los tirantes de la guerra que perdió su padre. Yo si he sufrido los dolores de parir metales y atender un jardín muy parecido a un cubo porque no caben sus colores. Yo si sé que el más fiel de los verdugos es la fe en lo que no cree nadie. Claro que no fui débil como la aurora que se ahoga en su tibia inconstancia, y esa escena siempre inmóvil se que me costó toda la esperanza firme, y entre los metales que se funden no estoy yo, que me resbalo puro hacia el desagüe. Porque si sé que es imposible resistir en mares que tienen otro nombre y predicar por bares con romances y romanzas.


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