Elena Casas

FÁBULA DEL RUISEÑOR Y LA CALANDRIA

Le dijo un día la calandria

a su amigo el ruiseñor:

 - Son como cristal agudo

las coplas que canto yo,

tú no pierdes el compás

y entonas mucho mejor.

Salta mi grito diáfano

con el primer resplandor

y despiertan para oírlo

todas las aves de Dios.

Tú, solitario, te escondes

y ensayas a media voz,

en lo más hondo del soto,

tu melodiosa canción,

que sólo escuchan las piedras

del arroyo soñador

y la noche estremecida

de aromas y de dolor.

Estaría bien que cantáramos

juntos la misma canción -­.

Así le responde luego

al discurso el ruiseñor:

  -No sabes cantar de noche,

de día, no quiero yo.

Nunca podremos cantar

juntos la misma canción.

Aunque nos queramos tanto,

estamos solos los dos-.

Escuchando estas razones,

llora de pena un pastor

que lleva por esos campos

malherido el corazón.

Ay, ay, mi corazoncito,

madre,

ay, ay, ay, mi corazón.

 



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