Heliconidas

Tres sueños

Anoche tuve tres sueños. Horrendos y pavorosos.

 

El primero se llamaba “Destrucción”...

Las nubes formaban una muralla de fuego y trueno

ocultando la cerrazón de un cielo monstruoso.

La tierra abría sus fauces y devoraba

a hombre y bestia como una furibunda mano

de polvo que se cerraba lentamente.

Todos huían, pero nadie escapaba.

Todos gemían, pero nadie acudía en ayuda.

Luego desperté.

Con tranquilidad miré a mi alrededor y advertí

que ni una gota de sudor corría por mi piel sosegada.

Serenamente cerré mis ojos y me volví a dormir.

 

Al instante, el segundo sueño se reveló en lo más

profundo de la noche. Su nombre era “Oscuridad”.

De repente, el sol se enlutaba de eclipse

y el cielo flameaba un tenebroso manto retinto.

Las luces artificiales eran devoradas por la

lobreguez de una mano fantasmal que se cerraba.

Los hombres gritaban, pero no eran escuchados

y las mujeres morían de terror.

Luego desperté.

Con tranquilidad miré a mi alrededor y volví a advertir

que ni una gota de sudor corría por mi piel relajada.

Calmadamente cerré mis ojos y me volví a dormir.

 

Inmediatamente me envolví en el tercer sueño

y este no tenía nombre alguno.

El sol centelleaba espléndido sobre el cielo del mediodía

y la brisa dulcificada por los pinos de la pradera

mi rostro besaba. Te empecé a buscar y no te encontré.

Empecé a buscar tu rostro entre los demás y no lo hallé.

Por cielo y mares rastreé tu voz y sólo hallé silencio.

A todos pregunté, pero nadie me hablaba.

A la tierra supliqué pero no sabía tu rastro.

Luego desperté...

Y con los ojos abarrotados de angustia y lágrimas

y mi piel revestida de frío sudor pregunté:

 

¡¿Dónde estás?! ¡Por piedad! ¡¿Dónde estás, amor mío?!



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