LUCIO ROBERTO RAMÍREZ GONZÁLEZ

ENTRE ÁRBOLES

Hoy de tarde,

me paré entre dos árboles,

que amenamente hablaban entre ellos.

Me llamó la atención su extraña conversación,

sobre todo por tratarse de árboles jóvenes.

 

Con cien años cada uno, apenas tocaban la pubertad,

me miraron con sus ojos, redondos como panes horneados,

sacudieron sus ramas, riéndose de mi tristeza,

de sentirme viejo a mis cincuenta.

 

Dirigieron sus ojos hacia las nubes, mostrándose arrogantes,

yo insistí en escucharlos y me quedé parado entre ellos.

Hablaron de la misa del domingo,  de las bancas verdes,

de María Brisa la mujer del panadero.

 

De un par de perros que no ladran,

hablaron de la amante  del  carpintero de la esquina,

de dos mujeres  semidesnudas que se besaban entre ellas,

de un borracho que lloró sus penas por la noche.

 

Y pensé ¿Cómo dos árboles podían hablar trivialidades?,

pensé ¿Cómo podían gastar sus días, hablando tonterías?.

Parece que los árboles escuchan todo, se rieron nuevamente,

sacudieron sus ramas hasta que cien hojas cubrieron mis hombros.

 

Me dijeron, al detener sus risas:

Hace miles de años los árboles no hablábamos,

más, de tanto escuchar a los humanos, aprendimos,

pero sólo podemos repetir lo que escuchamos.

 

Les rogué que no cuenten mi tristeza,

de sentirme viejo a mis cincuenta,

se rieron nuevamente, sacudiendo un par de nidos

de dos palomas que anidan en sus copas.

 

Ya no estoy triste,

los árboles continúan,

aprendiendo,

hablando tonterías,

repitiendo,

las tristezas,

las humanidades,

las triviales

conversaciones humanas.



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