Marner

Tus labios rojo grana...

Contemplé su cuerpo entre árboles secos, entre pinos. Estaba ahí en una banca , en esa sorprendente zona verde de Madrid ¿será caso una estatua?  Quise ir a los rosales y traerle  rosas,  pero era una estupidez, si le pasaba algo a los jardines de la rosaleda, me mataban y decidí caminar y sentarme a su lado.

-Buen día.

-Buen día, me respondió con su acento madrileño.

Estaba leyendo el periódico y bebía un jugo de toronjas.  No  quise decirle más y bajé la vista a mis piernas, traía conmigo una libreta donde anotaba  ideas para formar un texto.  Pero ahora no  me concentraba más que en escuchar su respiración,  lenta y profunda.  Vi su boca y su boca era carmín encendido, sus labios estaban rojos como la grana, firmes como rocas en las que guardaba aguas  manantiales; tenía los ojos como Londres, como París, como una bella ciudad asentada llena de luces y quise asumir los riesgos, confrontar las polémicas. Desaté las  palabras para cruzar sus fronteras  y me sentí  en Samaria, en Galilea pero no estaba más que en el parque del oeste de Madrid, dispuesta a tomar el toro por los cuernos, pues eran sus labios rojos ya mi deseo, mi carne era débil ante su presencia y mis labios tenían sed y hambre de los suyos.

Y pasaron los días, hallé respuesta. Ahora era una inmortal con el alma llena, no comía, no bebía, me llenaba de sus ojos, de sus manos, de sus rojos labios. Y nos decidimos, tomamos las maletas,  fuimos a lo que era la  antigua Fenicia,  a nadar en aguas mediterráneas.

Corríamos por la playa hasta tomar nuestra manos, le dije amor tantas veces al oído, entre arena y agua marina su cuerpo descansaba y la puesta de sol resaltaba su figura, le tomé una foto cuando estaba de espalda, en eso una ola le cubrió hasta la cintura, era ya una creatura marina de esas que en vez de  temerle  admiras. Tuvimos una cena romántica ese día; el Líbano era hermoso, está bañado por el mar mediterráneo, es un lugar peligroso pero  no el único, todos los lugares lo son, sólo debes aprender a cuidarte.  Nos llevábamos todo sin agitaciones, no podía comparar la puesta del sol con alguna otra, era única ante el mar en calma, ese lugar de cedros, de bellas construcciones nos anidaba, recuerdo que en la cena romántica hablamos de la primera vez en Madrid, nadie pensaba vernos aquí, tan juntos, tan nuestros, tan locos. Pedimos un Ksara  para tomar, para comer un  Kofta  acompañado con Tabule y un delicioso postre al que no recuerdo el nombre, fue una noche maravillosa que terminó en  amor sobre cuerpos desnudos.

Volvimos a Madrid, caminamos por el parque del oeste  y  nos sentamos en la banca donde comenzó todo, tomé sus manos, me acerqué a su oído y le dije:

En donde sea que estés, recuerda bien amor mío que tus labios rojo grana, de carmín encendido, siempre a pesar de la distancia han de ser míos….

 

Y besó  mis labios…



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