Río Que flota

La ira, como aderezo para las murallas

 

 

resulta dulzón el sabor de la lava volcánica al enfriarse en los pies de mis fosas nasales y privarme de derretir aquellos dulces en los bolsillos de la parafernalia de mis párpados. 

 

Sí, el pavimento nos esnifa como partículas que ríen mientras atraviesan algunas calles de barro.

 

La lluvia, tan lógica, derrite el espectáculo de las esporas desnudas que aguardan el fin del patrón que describe-delimita  sus cuerpos.

 

Sus cimas no se comparan con nuestro ego..., lo sabes; mátalos tiempo!

Sus gestos son una prolongación de los gestos de un asesinato masivo de estrellas agonizantes.

 

Los susurros de su saliva reclaman sus tierras: las del vuelo!

Se justifican quemando sus pupilas, lamer es efectivo: ¿hablar, que es?

¡Trompetas!..., ¡trompetas! ¡acordiones! ¡es la muerte!

 

Las ondas gravitatorias oscilan en el mismo muro que delimita el tacto de cualquier piel informe. 

 

Si se desintegrase el agua color ocre del tiempo en el pesar de tus alas y de tu sombrero, los dioses del páramo sacrificarían las orquídeas de sus pupilas para presenciar la agonía de los cuerpos que cavalgan en el desierto de su putrefacción.

 

Y la lluvia agoniza y

Nos regala un alarido;

Y en un sueño el tiempo juega: en un columpio: se balancea: hacia el futuro, hacia el pasado...(el presente es una inconsistencia)

 

El  asfalto que despides me hace suponer que una montaña nebulosa poseyó las partìculas que componen los deseos de la arcilla que describe la partitura del quasár en el estómago de tu nada.

 

La superficie del raciocinio nos acostumbra a creer que distamos entre dos aceras en las que el tiempo no transita... Somos pavimento, aire de putrefacción que no es muerte; somos los beats de la cordura...



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