gatoconbotas_58

Extraños en un tren (capítulo -1)



[[[45 años, el mismo puente, aún puedo sentir a mi madre y mi tía hablando las dos a la vez, las evoco, las recuerdo… solíamos ir caminando desde casa hasta la estación Rosario Norte por Urquiza hasta Francia luego por Francia hasta Catamarca, doblábamos en Richieri y hacíamos una parada en la parroquia donde me habían bautizado, yo solo sabía mojarme los dedos en el agua bendita y hacía la señal de la cruz, mis pensamientos eran inocentes y solo miraba la estatua de Jesús crucificado y los clavos atravesándole las manos, mamá y tía iban recorriendo las distintas estaciones de la pasión de Cristo murmurando algo que nunca alcanzaba a escuchar, ¿quién podía odiar tanto a una persona como para hacerle eso?, dábamos la vuelta por delante del altar y repetíamos la señal de la cruz una y otra vez y otra vez la voz baja en inaudible oración. Salíamos y seguíamos por Richieri hasta Salta y de allí hasta Ovidio Lagos y desde lejos ya se distinguían las luces amarillas de la estación iluminada, renovada y el reloj de la torre central lucía como nuevo, parecía una pequeña luna en la distancia, recuerdo a mi tía decir sobre las luces de los flamantes semáforos como si fueran propias de la estación y de la luna llena y nos reíamos porque ellas dos veían mal y yo les decía de los semáforos nuevos y del reloj de la estación, entrábamos a una nueva era, insospechada, mi nueva era y ellas como el tío morirían luego cada uno a su debido tiempo… La cantidad de taxis y taxis y la gente en movimiento, la nueva dársena, las paredes pintadas de blanco y esas puertas amplias y altas de roble o pinotea, las de afuera lustradas, barnizadas y sus vidrios repartidos, las de adentro ya mas viejas pintadas de azul con la misma distribución de vidrios, el hall central “¿donde iría tanta gente?” cada uno con sus valijas y sus bolsos de mano, el tablero iluminado con pequeñas lamparitas incandescentes de neón que daban cuenta de los trenes que llegaban y salían y de las demoras, en esa época no había demoras y si las había se informaban en ese tablero… yo leía, miraba, absorbía, colores y más colores, andenes, las vías, las piedras de granito, los viejos durmientes puestos por los ingleses y las manchas de gasoil, el túnel y aquellos viejos automóviles… La campana de bronce reluciente con su badajo y su cadena “¿quién tendría la suerte o el honor de tañir semejante campana?”, mas allá el jardín y la fuente y las margaritas florecidas y los rosales… allá lejos venía la formación entonces fuimos con mamá y tía Titi al puente de hierro, subimos lo más rápido que pudimos y yo tironeaba de la mano de mamá porque no quería perderme el tren entrando a la estación, allí venía el 1723 la máquina diesel amarilla y roja haciendo sonar su bocina y por el parlante se anunciaba la llegada del “porteño”, allí venía tío Raúl…]]]   Debió pasar en abril, todo pasa el 11 y ese mismo 11 esperé aquel tren, lo vi llegar después de tanto tiempo, justo debajo de ese puente de hierro se detuvo y subí sin pensarlo dos veces, ni siquiera volteé, “no éramos muchos y sin embargo éramos todos” yo sabía, lo sabía bien, cada uno era aquel que debía subir…   Florencia tenía tan solo 6 o 7 años, serían las 3 de la tarde, no lo se bien, no lo recuerdo, pero fuimos hasta ese puente de hierro, miramos entrar y salir los trenes, luego bajamos y la subí a una formación, recorrimos algunos vagones, ella era feliz, yo sabía que me separaría de su madre en poco tiempo mas, lloré por ella y por mi y por mi otra hija mas pequeña, la vida no es amable ni nunca lo será… el puente de hierro imperturbable esperaba que yo regrese una y otra vez allí. Debió pasar en abril, el mismo 11 nació mi hijo, fue una señal y yo volví y supe que debía partir a buscarme a mi mismo…   Me sentía extraño, me senté en clase única, no tenía pasaje, ni siquiera imaginaba que tendría que haber sacado un boleto, ¿serían boletos especiales? ¿De ida y de vuelta?, yo era tan precavido que no hubiera viajado sin pasaje pero me encontré allí sobre este tren y se aproximaba el guarda vestido con uniforme azul y botones color plata…

_ Su boleto señor.

_ No tengo boleto.

_ Busque en su bolsillo derecho, seguramente allí lo encontrará.

Y allí estaba, un boleto de cartón, una pequeña tarjetita troquelada color anaranjado, no sabía como pudo ir a parar allí pero allí estaba, se la di al guarda y este con un pica papeles le hizo un pequeño orificio y me devolvió el pasaje… ese pequeño agujerito me habilitaba al viaje de mi vida, a recorrer todo y cuanto yo quisiera o deseara saber y sentir, un viaje por los caminos de la sangre y emociones de mi propio ser. En el pasamanos había varios botoncitos apenas iluminados, pulsé el segundo y la celosía americana se elevó, entonces pude ver a la gente saludando, algunos con pañuelos en las manos en un adiós casi anónimo, ¿volveríamos alguna vez?, ¿quien podría saberlo? Solo teníamos pasaje de ida… La bocina del 1723 sonó estridente, la campana de partida del tren se hizo sentir compitiendo con la bocina de la máquina, un pequeño de 8 años de edad era el afortunado, a upa de su padre movía y movía la cadena y la campana de bronce brillante sonaba como nunca jamás había sonado, el tiempo se detuvo por unos instantes y me vi a mi mismo reflejado entonces los vagones tironearon uno del otro y el tren comenzó a moverse… lentamente… pasaron uno a uno los vagones por debajo del puente de hierro y yo rememoré… soñé, volé… sentí por primera vez que estaba en libertad y esa libertad era extraña, sincera pero extraña, el niño de la campana corrió hacia el puente de hierro por las escaleras arrastrando a su padre de la mano para no perderse la partida del tren... entonces lloré como cuando había nacido mi primera hija: Florencia, lloré por ella y por Casandra… lloré desconsoladamente y vi un pedazo de vida echada atrás…  

He partido una tarde
en calma 
sin lágrimas ni pañuelos,
si parecía hasta una fiesta.
Cuando el amor se iba
y la vida me devolvía 
al eterno duelo.
Solo con tiempo 
supe escuchar la voz 
aquella que llega 
desde muy adentro.
“cuanto la quise, 
cuanto aún la quiero”,
¿Aún la quiero?
me dije, me digo…
siempre me diré,
y es extraño extrañar,
bajo la gorra 
tantos recuerdos,
allá quedaron los hijos, 
la casa,
los santos martirios,
allá quedaron los sueños muertos.
Más allá del bien o del mal
sangran aún,
si, sangran aún
aquellos tibios 
fríos besos
y este azulado río 
me devuelve al mar
con su aire 
de tristes vientos.
La soledad me sopla al pasar,
oleadas, remordimiento,
la huella gris 
que pinta todos mis versos.

El camino largo
hiere, 
se abre paso
entre poema y poema
parte al monte 
que se erige horizonte 
de sombras y fracasos,
y la congoja 
de amaneceres pálidos.
El camino largo
hiere,
marca cicatrices
en el alma 
con sus pasos.
Antes fue silueta,
ojos agazapados, 
y sin embargo
fue casi dulce su presencia
y fue llanto 
de ojos de miel y canela
en la ausencia 
de su regazo.
Esperanza en cada piedra,
esperanza en cada tramo,
esperanza, esperanza...
sueño trunco en la distancia:
recuperar lo jamás sembrado.

Si, el camino largo
hiere.

He visto morir una estrella,
se ha marchado su luz
y mi alma 
ha quedado huérfana.
Divagan mis palabras,
balbucean,
sin sentido se vuelan
y se vuelven
como esas pequeñas 
aves negras,
van y vienen,
se marchan,
desaparecen 
por el mismo cielo
celeste y blanco
que tantas veces
las vio claudicar.
Le miento a mis ojos,
le muestro imágenes secretas,
espejismos rotos 
de caras inciertas.
Espero al ángel bajar,
alguna vez,
jardines
alas que me la devuelvan.

La tristeza…
la tristeza me carcome la piel,
se impregna en cada poro,
y pienso en aquellas
pequeñas rubias cabelleras,
y entre tanta gente 
me absorbo,
me siento solo, 
evoco,
me derrumbo 
ante tantos errores del pasado
y se que a veces 
tuve a ese tan ansiado ángel
sentado en mí mesa. 
Si, lo tuve.
No supe abrazarlo,
retenerlo o liberarlo
para la redención 
de mis pecados
o para la liberación 
de mis recuerdos malos. 

El camino largo
hiere...
He partido una tarde
en calma 
sin lágrimas ni pañuelos,
entre el empedrado
y el musgo del tiempo, 
olvidado,
las historias se disuelven,
miles de pisadas 
y solo,
solo una huella.
Se apagó el amor,
se fue su luz,
se murió mi última estrella.

”El destino es horizonte
y nuestras vidas fueron 
siempre eternas paralelas.”
 

 

Y el puente de hierro nos superaría a todos...  

 

continuará

Comentarios1

  • El Hombre de la Rosa

    Muy interesante tu prosa de sueños contados, esperaremos el resto para deleitarnos con tus letras... amigo Gatocobotas
    Un placer pasar por tu portal...
    Saludos de amistad y afecto...
    Críspulo Cortés Cortés
    El Hombre de la Rosa



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