pilar gorricho

Otoños.

No es esa vehemencia de las hojas

repoblando de crepitares la espesura.

Ni esta súbita lluvia agregada a los cafés de paso.

No ha de ser el lunático antojo de los días niños

por hacerse progenitores

de lo oscuro cuanto antes.

No ha de ser nada de esto.

Es un desafío desintegrando

las fauces del " ahora".

Una pesadumbre espasmódica asida

a las vicios del frío,  del gigantesco frío

en un tuétano hecho papel.

Es un cáncer en las células del alma

de madre forastera.

Lobos de caoba; francotiradores

en los tejados de una escuela de corderos.

No, no es el otoño y su conjunto

de rojos casquivanos

y su jardinero trabajo.

Es no sentirse viento para tener algo

que descuajar de su natural estado.

No es la lluvia no.

Es no sentirse agua y no tener nada

que purificar en las bambalinas

del soñador.

No son los días cortos,

así,

como besos en los portales

con su impertinente nota de levedad.

No, no es todo eso.

A fin de cuentas las hojas se unen para caer

y crepitar todas juntas.

El agua se hará salitre de recordatorio

un día de estos.

Y yo,

yo...

soy solo una mujer

y estoy tan sola.



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