Manuel Isaac Vera Zevallos

CINCO SONETOS PARA UN FINAL

                                                        I

Está bien, aceptemos que he fallado;

digamos que incumplí con la promesa

de mirar sólo el futuro -con certeza-

y no hurgar en las sombras del pasado.

 

Digamos, por decir, que no he cambiado:

que de la desconfianza fácil presa

fueron mi corazón y mi cabeza

y que a tu amor, al fin, he lastimado.

 

Más ¿crees tú que el pago a mi pecado

debió ser tu traición y tu bajeza?.

No. Nada ha de justificar tu equivocado

y rastrero accionar, ni la crudeza,

ni el ciego rencor, ni la dureza

con la que a mi sincero amor has inmolado.

 

 II

En el camino de tus locos desvaríos

más de una vez te asaltará la pena

y será -en ese instante- tu condena

la de vivir con los recuerdos míos.

 

De pronto, y sin querer, tus ojos fríos

serán laguna de amarguras llena;

verá tu corazón cómo en cadena

le estallan el dolor y los hastíos.

 

Tus noches serán largos desafíos

convertidos en negra y cruel escena;

y un buen día, ya sin brillo y ya sin bríos,

notarás que de los años la faena

cumplida está y, pese a ser ajena,

tu cauce extraña el agua de mis ríos.

 

 III

Si piensas que tu abandono eternamente

será una causa que a mi amor lastime,

te equivocas mujer, también redime

el saber navegar contra corriente.

 

Para ahogar al dolor no hay otra fuente

que ese llanto con que él mismo gime,

para olvidar lo que a tu alma oprime

debes hacerle, a ese tormento, frente.

No te parezca extraño que frecuente

nuevos senderos y que en ellos lime

todas las asperezas de tu adiós reciente

ni que en mi corazón no escatime

esfuerzo alguno para que el sublime

amor que te profeso muera urgente.

 

 IV

Cuando el paso de los años te haya dado

-para entender mi amor- luz y armonía,

notarás que tu carencia de alegría

la sembró tu traición en el pasado.

 

Mirarás cómo el camino transitado

por otra senda que no fue la mía

te pesa en el rayar de cada día,

te duele más allá de lo esperado.

 

Tal vez sea tarde ya, en mi costado

seguro llevaré la compañía

de un corazón firme y madurado

que encontró su consuelo en la manía

de descansar en una tumba fría

para olvidar lo mucho que había amado.

 

  V

¿Maldecirte? ¿Por qué? No debo hacerlo.

Llenarte de más rabia y frustraciones

será el pago que des a tus acciones

por el monto que debas merecerlo.

 

Marcha el tiempo, imposible detenerlo;

sólo me toca controlar mis emociones,

proveerme de nuevas sensaciones

y al corazón sereno mantenerlo.

 

Desearte lo peor o pretenderlo

sería soltar amarras a pasiones

y yo, ni estoy dispuesto a cometerlo

ni esas serán jamás mis intenciones;

murió mi amor al pie de tus traiciones...

ahora, ya no hay forma de encenderlo.



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