Carlos Manuel Larrea

Este poeta se quitó la vida:

Edgardo Alfredo Espino Najarro fue un poeta salvadoreño nacido el 8 de enero de 1900. En su familia, encabezada por una maestra y un escritor, respiró el amor al arte desde pequeño. Estudió Jurisprudencia en la Universidad de El Salvador, donde se doctoró con una tesis acerca de Sociología estética. Desde su juventud publicó obras literarias en las revistas Lumen y Opinión estudiantil y también colaboró con los periódicos La Prensa y Diario de El Salvador. Sus problemas familiares, principalmente relacionados con la represión que vivía por parte de sus padres, lo llevaron a ahogarse literalmente en el alcohol; el 24 de mayo de 1928, se quitó la vida en su ciudad natal.
Su único libro fue editado póstumamente por amigos y allegados, y recibió el título "Jícaras Tristes". En él, apreciamos un estilo sencillo y depurado, de fácil comprensión, razón probable del gran éxito del que gozó en su país. En los 96 poemas que lo componen, encontramos sonetos, romances y versos libres; algunos ejemplos son "Las manos de mi madre" y "Un rancho y un lucero". En este último, expresa sus deseos de casarse y formar una familia, deseos frustrados por las exigencias de sus padres, y motivo principal de su suicidio.


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Alfredo Espino

 

Ascensión

 



¡Dos alas!... ¿Quién tuviera dos alas para el vuelo?
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no fuera un mar, ¡Bien sería otro cielo!...

Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores...
¡Que pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones... Lo rastrero no sube:
ésta cumbre es el reino del pájaro y la nube...

Aquí he visto una cosa muy dulce y extraña,
como es la de haber visto llorando una montaña...
el agua brota lenta, y en su remanso brilla la luz;
un ternerito viene, y luego se arrodilla
al borde del estanque, y al doblar la testuz,
por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz...

Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,
como si una tormenta rodara por la cuesta:
animales que vienen con una fiebre extraña
a beberse las lágrimas que llora la montaña.

Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.
Y que asco y que tristeza comenzar a bajar...

(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para un vuelo!
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,
con el loco deseo de haberlas extendido
¡Sobre aquél mar dormido que parecía un cielo!)

Un río entre verdores se pierde a mis espaldas,
como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas...


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