CARLOS ALBERTO BADARACCO

EL CASO DE NICOLÁS

 De mi próximo libro para quien le interese leerlo.

        



       Eduardo marchaba feliz junto a su familia. Sus hijos, a su lado, contentos, saltaban y corrían. Nicolás, de cuatro años, los seguía atrás con su costumbre de acariciar las cortinas de metal de los negocios. De continuo sus padres los observaban, eran seis los niños, el cuidado que les prodigaban era encomiable.

        La calle Corrientes estaba   desolada, había una penumbra vaga que  iluminaba apenas las veredas. El centro de la ciudad a las tres de la mañana siempre tenía ese aspecto.

       Volvían del cine, habían visto una película de cuentos de hadas y la salida de los espectáculos hacía que Lavalle fuera caótica.

      Se detuvieron en una pizzería a comer  y luego emprendieron el regreso hacia EL ABASTO donde vivían desde hacía algunos años cuando desearon partir de la Villa 31, zona, según afirmaba Eduardo, muy poco recomendable para el crecimiento de sus hijos.

      La familia, de pocos recursos, se daba el gusto de pasear aunque fuera una vez por mes para que los chicos se distrajeran un poco.  Iban a algún parque de diversiones, o a un espectáculo de títeres que con frecuencia ofrecía un pequeño teatro en las inmediaciones, gratuito. También frecuentaban algún circo cercano o bien, como en esa ocasión, elegían algún cine del centro de la ciudad.

        A los niños les agradaba ir a la Plaza de la República porque allí jugaban con otros niños, podían observar un mimo  y otros actores callejeros. El centro de la ciudad ofrece cosas maravillosas para divertirse tanto para grandes como para chicos.

 

       Angelita iba cómodamente sentada en los hombros de su padre, lo que era ya una costumbre, los demás se mostraban muy traviesos pero felices, salvo Nicolás que siempre mantenía una actitud solitaria y apartada del resto de la familia. Parecía vivir su propio mundo y en él hacer y deshacer a su modo la realidad que tenía por delante.

      Su padre miraba a cada rato a todos sus polluelos pues solían perderse por algunos instantes de sus cuidados.

       Cuando Eduardo notó que Nicolás ya no estaba tras ellos comenzaron a buscarlo por todos los alrededores. Y nada.

       No vieron a nadie para preguntarles acerca del niño. La búsqueda fue incesante e infructuosa. La desesperación crecía. Había desaparecido en el silencio de la noche sin dejar ningún rastro evidente. Intervino la Policía  pero no hubo noticias.

         Al otro día se lanzaron alarmas por televisión y se pegaron carteles con la foto de Nicolás por todos lados. Pero, como de costumbre, cuando la noticia deja de interesar se suspende todo tipo de información.

         Los días de Eduardo cambiaron a partir de ese momento. Ya no le interesaba trabajar ni hacer nada por su familia.

        Eso fue un error muy grande.

      Julieta, su esposa, tuvo que salir a sustentar la economía de la familia y sólo de vez en cuando tenía noticias del esposo´.

        Como a Nicolás le gustaba mucho vender productos en los trenes hacia allí marchó su padre. Día y noche recorría los coches de los trenes gritando su nombre. Al cabo de un tiempo, su fisonomía ya era archiconocida entre los pasajeros y todos lo miraban con tristeza. Preguntaba, con una foto en su mano, acerca del paradero de su niño.

      Lo cierto es que Nicolás jamás apareció. Sin embargo Eduardo nunca dejó de buscarlo.

       Pasaron diez años de aquel suceso terrible y el pobre hombre continuaba indagando con la misma fuerza, con esperanzas, con la idea de un reencuentro próximo. Su aspecto era el de un linyera y sólo comía de la limosna que le dejaba la gente. Muchas veces se lo vio acompañado con su mujer y el resto de sus hijos, pero ellos trabajaban y no lo podían acompañar salvo unas pocas veces.

      Julieta murió de repente de un infarto.  Pero el hombre no cejó  en su búsqueda. Tenía cuarenta años y sus fuerzas disminuían notablemente, quizás por su mala alimentación.

      En un movimiento brusco de un tren el pobre hombre cayó y murió en el acto. Su caída fue tremenda.

      Lo llamativo es que al caer lo hizo junto a una cruz y un altarcito en el que estaba escrito el siguiente texto. “Gracias papá por buscarme, pero mi muerte sirvió para que mi corazón latiera en otro cuerpecito”


CARLOS A. BADARACCO, 9/2/14 (DERECHOS RESERVADOS)



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