Ludvaldo

SONETO DEL AMANTE PERTINAZ

Con sus flechas Cupido, deidad ruda,

todo en el pecho inerme de su humana

presa, si como suele, hace diana,

-pues es travieso Amor- lo mueve y muda.   

 

Mas aunque ruego, con fervor, su ayuda,

ha sido mi esperanza hasta ahora vana

pues no logré que venza su desgana

y que de tu alma hosca el frío sacuda.

Él vuelve fuerte al débil, flojo al recio,

grave al mozo alocado, niño al viejo,
estúpido al sensato, sabio al necio,

y acaso, si en mis preces nunca cejo

y, pío, de su fe jamás me alejo,

transmute en tierno amor tu hostil desprecio.

 

Osvaldo de Luis



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