srakkin

Las siestas igual se enamoran

La calma me conquisto desde tu rostro, apegado al mío, hasta la almohada
junto a mi otra mejilla, la izquierda, forzando el cierra de mi puerta derecha,
suave sin ruidos o crujidos de la madera, suave y delicado,
mientras mi ojo izquierdo veía solo lo que alcanzaba, un rayo de luz
que se filtraba entre nuestras narices, la mía guardaba tu exhalación de vida
una y otra vez, su momento de ocio enamorado.

Además lograba ver lo que no se pudo filtrar, una sombra suave poco oscura,
débil para ser maldad, fuerte para ser el color de tu piel, en ciertos momentos colorado,
no tanto para ser una rosa, preciso para ser tus mejillas, justo para admirarlos
una y otra vez luego de verlas por primera vez.

El fin en común de esto ha llegado, el cierre siamés de las puertas craneales,
el telón delgado y transparente nos ha separado a centímetros de hormiga
y a una infinidad onírica, desde acá hasta allá, de los cabellos me traes encantado,
fácil se nos da y es que aun no me acostumbro a tu marcha,
a verte abrigándote con lo mismo que trajiste y siempre lo mismo que llevas,
es que no me acostumbro a que me digas "La hora a llegado".



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