Marzio Girola

La primera vez que me vi...

Siempre dispondrá la vida de algún segundo

para escribir la poesía más bella,

por ello me permito recordar a tiempo perdido

y gozar a niño los pasos digeridos a gozo,

como aquella primera vez que me vi…

 

La primera vez que me vi

me sonrojé casi ingenuo

al verme tan importante,

tan amado y amable,

tan querido y querible

tan deseado y deseable.

Así supe que amaba,

quería y deseaba,

esa primera vez que me vi.

 

La primera vez que me vi

sonreí de verme Gulliver,

sentirme David  y no Goliat.

Tan importante como valiente,

empapado a ternura

en ovillo de sonrisa eterna,

de pantalla no ancha mas profunda,

y tan honda que abraza…

esa primera vez que me vi.

 

La primera vez que me vi,

no sabía que así era,

no sabía que existía tanto

para tan poco yo,

y tan de tanto en que me miraba.

Aprendí a saberme

a sentirme y hasta olerme,

con paso de avance,

esa primera vez que me vi.

 

Y ya sin importar

ni el cuando ni el como,

ni el dónde ni el cuál,

tan solo la alegría,

la canela y la sal,

el viento y el mar,

la luna y el sisal

si fue ayer o al comenzar,

esa primera vez que me vi.

 

Y no fue en una gran sala

adornada de majestuosos espejos,

ni en el vidrio de la gran puerta de entrada.

No fue reflejado en un metal cromado

o en un bronce lustrado,

ni en un baúl de nácar

o un suelo encerado,

ni en un lago helado,

ni en un lirio o en un pantano.

 

Recuerdo si,

a fuego y risa,

bordona y fango,

vinagre y col,

alba y ocaso,

que reflejado en tus ojos

fue aquella primera vez

que me vi…



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