Amadeus

Cambio de cuarto

Cambio de cuarto

  La noche iba dirigida a la tendencia de siempre; pero quizás era imaginación mia. Se iban las horas volando entre palabras, carcajadas, cigarros, cerveza y un líquido azul que adormecía la garganta y se bebía por onzas. Eran a penas las doce cuando nos encontramos y decidimos irnos a su casa para continuar la aventura. (Veo niños caminando y envidio su inocencia). Subimos escaleras, aparenta ser que el ascensor esta dañado. Fumamos, reímos y entonces se nos acaba el alcohol. Decidimos ir a comprar mas y su amiga nos dice que está cansada que se irá a dormir. Así que ella y yo emprendemos nuestro camino y yo acá con la mente corriendo como fórmula uno pienso en que también debo irme a descansar. Llegamos. Compramos más alcohol. Ella baila con un extraño; yo hablo con mi vecina y sus amigas. Y de la nada ella me saca a bailar. Se por sus movimientos que las intenciones van a provocar en mi un colapso de voluntad física. Volvemos a su casa; su amiga dormía y ella me cocinaba. Comimos, gracias a Dios, ya el alcohol se me estaba subiendo por encima de la cabeza. Luego era hora de charlar en el sofá. Hubo un momento de pausa, ella me miro y perdí su mirada cuando ya su boca invadía mi abdomen. Ahora es cuando cambia la narración de esta noche con una variedad de música de fondo.

     Hablábamos de atracción; de que alguien como yo no se podría fijar en alguien como ella por su volumen. Lo que la lleva a acariciar mi barriga, luego, a besarla. Lo que me hace a mi acariciar la suya, mirarla fijo mientras le digo que es una mujer hermosa. Ella, nublada por el alcohol, se sonroja y reniega porque no podían ser ciertas mis palabras. Así que beso tiernamente su abdomen: pedazo por pedazo; delicados besos le plasmaba en su vientre hasta haberlo probado por completo. Murmura que no debo besarla, que le pertenezco a su amiga; sonrío y la beso. Le era difícil no acariciar mi cintura y hablaba entre besos. Estaba todavía su conciencia despierta lo que la hacía dudar de cada acción sobre mi cuerpo. Por lo que me detengo me centro en mirar sus ojos y percibir su forcejeo con su propio cuerpo. Dos segundos en mirarla fijo y logre silencio a consecuencia del maldito intercambio de su muerte y mi vida. Su mente casi se apago; la mía se encendió.

    Ahora estábamos en el suelo; mi cuerpo sobre ella, mi boca siendo vampira en su cuello. Había perdido mi sostén en el sofá a manos de ella, por poco pierdo la camisa; pero la detuve. No pretendía quedarme expuesta a manos de un arranque de lujuria. Debo admitir que no creía en lo que estaba sucediendo, pero cada vez que su boca me asfixiaba y sus manos me recorrían era una fantasía cumplida y me llenaba de éxtasis la sangre. Me doy cuenta que le gusta hablar entre besos y que a mí no me está mal callarla de igual forma. Solo necesito callar mi mente por un rato como para poder disfrutar mis acciones. Ella no es soltera y su pareja sigue apareciendo en sus labios; y eso me desespera. Sus manos no se estaban quietas; mi boca, tampoco.  Me toco hablar entre besos y termine en sus brazos de camino a la cama. Dejo la puerta abierta, la luz encendida: por si llegaba su amada. La controle con mi cuerpo, le espose las manos, la bese y sonreí. Cerré la puerta, apague la luz, caí sobre ella y el juego comenzó.

    Besaba su cuello cuando me repitió que le pertenecía a su amiga, que no podíamos continuar. Así que me detuve. –No soy de nadie– le digo un tanto molesta. –Yo tampoco– ella me responde. La beso y me hundo entre sus piernas. Se me erizo la piel cuando la probé. Su humedad me enloquecía; mi boca no paraba de comer. Ella quizás pensó que darle placer era por cortesía porque sus próximas palabras me han dejado con cien preguntas en el subconsciente. Y mientras tanto, sus manos me halaban hasta su rostro para hablarme. No sé porqué lo hacía, aún no encuentro motivo para su culpabilidad; pero dentro de sus palabras cortantes encontraba dulzura, quizás un acto. Antes de comenzar con su remordimiento me dio las gracias por hacerla sentir deseada. Solo me dedicaba a besarla. Me dijo: ‘no tienes porque hacer esto, eres mejor que ello’. Creo que sentía que lo hacía por obligación así que le clarifique la situación y mis motivos. –Lo hago porque deseo, porque me atraes; porque quiero– Mis palabras la calmaron, pude sentirlo en su piel. Me detuve, le dije que ya no escuchaba la música, que probablemente su amada había llamado. Ella busco el teléfono y efectivamente, ella la llamo. Me dijo que su pareja venia de camino, tanto me importo y preocupo que me ocupe besándola y ella llenándome en aceites. Baje a sus piernas mi boca no paraba de comer. Ella se arrodillo, se vino sobre mí. Quede bajo su cuerpo y sus manos enloquecían en la travesía de recorrerme. Quiéreme nos susurramos; casi mudo. Rodamos y otra vez al suelo. 

   Me pedía que me entregara, algo me detenía; pero cerré los ojos y me despreocupe. Tuvimos sexo en el suelo y ella tenía el control, así debía ser. Le daba mi cuerpo nada más. Me controlaba los movimientos, los gemidos, los orgasmos; me hablaba al oído de cómo debía respirar. Su pareja volvió a llamar –contesta tú– me dijo. Me piden hablar con ella, paso el teléfono. Se cuelga la llamada, ya viene por ahí me dicen y pienso que eso mismo me dijiste hace una hora. Creo que ha pasado una hora, en realidad no, quizás ha sido solo media. El tiempo se estaba yendo tan lento que me enamoraba la noche. Pasamos a la cama.

    Me hizo el amor; me lleno de orgasmos. Sus caricias eran angelicales, eran desesperadas. Me revivió el alma y me hizo sentirme mujer de nuevo.  Me llevo paso por paso. Miento; nos llevamos paso por paso. Ella me decía como respirar, le decía como debía tocarme. No había trueques de caderas. Si las manos parecían torbellinos concentrados en áreas volátiles y sensibles. Los escalofríos reinaban, pero no enfriaban. Las gotas de sudor corrían por mi espalda, por la de ella y despacio llegamos al cúspide orgasmo. La respiración se hacía más corta mientras sus palabras me guiaban a través del placer. Lo tuve y me hizo descansar sobre ella, mientras me acariciaba la espalda y besaba suavemente. Dos minutos de descanso, hora de una ducha.

   Nuevamente me lleva en sus brazos hasta el baño; abre la cortina me mete; se mete, prende la ducha y me sumerge. El agua no era suficientemente fría porque bajaba por mi espalda hirviendo. Busca el jabón, me comienza a bañar. Me toca divertirme, me toca dirigir. Mis manos queman su cuerpo, gime al contacto. Tambaleamos, al suelo (de nuevo). Es ahí cuando la tomo en mis brazos y la domino, sigue la dinámica. Yo la llevo mientras ella me dirige la mano, los dedos. Mi boca siempre ha sabido que hacer. El agua corre al igual que el tiempo y entonces la suerte corre entre mis manos, entre sus piernas. Terminamos. Una última llamada: – Ya viene por el segundo piso – mi camisa no aparece. Que no cunda el pánico, préstame una tuya. Recuesto mi cuerpo exhausto en el sofá.

    Llega la novia. ‘Hola, buenos días.’ (Qué si buenos, maravillosos y agotadores buenos días). Sonrío y sigo con la mirada descansando. Ella me ofrece un cigarro; pero ni eso puedo. Conversamos por par de minutos, que la cortesía jamás muera. La novia desaparece, ella vuelve a mí y me explica que debe marcharse con su amada. No sé porqué me está dando explicaciones, al parecer cree que al menos eso me debe. De paso lento y pesado camina hacia su cuarto con una expresión que aun no comprendo. Es como si deseara que fuese yo en esa cama y no su amada. Cierro mis ojos, dejo de pensar y me duermo. Dos horas después nuestra amiga me despierta. Platicamos, nos miramos a medias y me dijo: ‘ven, vamos a dormir’. Me tomo de la mano y llevo hasta su cuarto. Cerramos las ventanas encendimos el acondicionador de aire; me acosté a su lado y cerré los ojos. ‘Abrázame’; sonreí, la busque debajo de la sabana, me acerque a ella y la abrase. Entonces me pregunta: ‘a que huelo’ y le digo suspirando – a lo que siempre hueles… a ti – beso su espalda. Dormimos felices; silenciosamente enamoradas.

Comentarios1

  • El Hombre de la Rosa

    Muy agradable la lectura de tu genial prosa de amor amigo Amadeus...
    Saludos y amistad desde Torrelavega...
    Críspulo, El Hombre de la Rosa...



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