Carlos Fernando

Qué increíblemente cotidiana es la lluvia



Increíblemente cotidiana es la lluvia

cuando solo viene a ser un evento climático.

Cuando, con fríos cálculos el experto

interpreta en la pantalla del ordenador

la dirección de los vientos, de las nubes,

las presiones atmosféricas,

y elabora una predicción de lluvia.

Trivial y cotidiana es la lluvia

cuando se le mira simplemente caer

por consecuencia de la condensación

del vapor de agua, y obliga

a las hacendosas mujeres

a recoger la ropa que ya seca,

cuelga de los tendederos.

Cuando el transeúnte descuidado,

busca una techumbre

o una marquesina en su afán de no quedar

hecho una sopa.

Qué simple es la lluvia cuando toda su tarea

se concreta en dejar esas molestas charcas

que todos procuran evitar,

mientras corren en busca de refugio,

o tratando de alcanzar

el transporte urbano que tardó

en pasar a recoger su pasaje.

Cotidiana e insípida es la lluvia

que solo chorrea de los tejados

cayendo hasta el piso o el prado

por desagües y canaletas herrumbrosas,

viejos cauces que derraman

de sus bocas la lluvia acumulada

que pertinaz cae con fuerza

en esos chaparrones

que son característicos

de los meses de septiembre, año tras año.

Monótona y ramplona es la lluvia,

cuando el anciano la mira desde su mecedora

donde permanece sentado hora tras hora,

con el eterno cobertor a cuadros cubriéndole

las caderas hasta los pies dejando asomarse

tan solo las puntas de las alpargatas. ´

Qué triste es ser lluvia cuando se pierde su encanto,

cuando en lugar de ser un prodigio

digno de ser admirado con asombro,

se transforma en un evento indeseable

porque nos trastorna los planes, porque  obliga

a retirarse debajo de un tejado o detrás de una ventana. 

Porque es un fastidio salir a descolgar la ropa.

Porque forma charcos indeseables que terminan

de empapar a los que corren a evitarla.

Cuando se vuelve tan solo un pronóstico del clima.

Cuando, para lo único que sirve es para azolvar cañerías,

y azoteas, para zanjar las calles dejando el consabido bache.

Qué triste es que nadie se detenga a contemplar la lluvia

cuando se derrama desde las nubes,

y cuando nadie intenta desentrañar cómo hace Dios

para encerrar todo ese gigantesco peso en agua

por los aires en un colosal desplante

de ingeniería hidráulica desafiando

la lógica de la Gravedad, hasta dejarla caer

en el lugar donde a Dios le place.

Qué triste es cuando en la lluvia, no hay niños dibujando

figuras en el cristal vaporizado por efecto

del gradiente térmico entre afuera y adentro con el cristal por límite.

Qué triste debe resultarle a la lluvia

-considerando que la lluvia sienta-

no ser cabalmente apreciada en su valor.

Porque la lluvia hace germinar los campos

y forma estanques, donde crecen lirios

o retozan renacuajos, y mosquitos.

Porque la lluvia forma torrentes que arrastran

lo mismo basura, que los minerales

que hacen fértiles los suelos. 

Dejando tras de sí al filtrarse ese

antojadizo olor a tierra mojada.

Un delicioso estímulo al olfato, y a la vista,

el majestuoso resplandor del arcoíris.

Porque, pasada la lluvia,

toda esa bendición líquida que se inició

en vapor, y se hizo gota y caudal;

una vez que se aquieta,

forma espejos formidables

donde se reflejan,  el cielo y sus luces cósmicas.

O le da a los niños el pretexto para disfrutar 

su infancia con algo más que una consola de Wii,

o un Play Station; saliendo a mojarse,

a pesar del disgusto de sus madres,

o de la amenaza de ir al médico si enferman.

Porque la lluvia también le rebusca las palabras

al escritor y al poeta o al simple enamorado.

Y los estanques se transforman en espejos

donde la luna esquiva se refleja formando entonces

dos cielos  equidistantes e idénticos. Estáticos.

Paralelos universos que prevalecen en el recuerdo

sin límite de tiempo, para repetirse en cada tarde de lluvia. 



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