𝐏𝐀𝐑𝐀 π“πˆ, 𝐌𝐈 π€πŒπŽπ‘

ronald tadeo ramirez elizalde

Ser precioso venido del cielo, lucerito de luz divina que llega a calmar mis angustias y a silenciar mis dolores; florecita delicada que perfuma mi alma y hace brotar en ella paz, esperanza y ternura. Eres un pequeño edén lleno de virtudes, una hermosa dama cuya belleza no solo cautiva mis ojos, sino que también conmueve lo más profundo de mi corazón.

 

Quiero que comprendas que ocupas en mi vida un lugar que nadie más ha podido ocupar. Créeme, princesa: basta con pensar en ti para que algo dentro de mí encuentre calma; basta con contemplar una fotografía tuya para que mi rostro se ilumine y mi corazón vuelva a sentirse afortunado.

 

Eres mi diosa de devoción, aunque sé que mi fe me enseña que solo a Dios debo adorar. Y, sin embargo, confieso que hay momentos en los que mi corazón parece rendirse ante tu belleza, tu dulzura y la magia de tu existencia. No pretendo ponerme por encima de Dios; al contrario, pienso que fue Él quien permitió que nuestros caminos se cruzaran y que tú llegaras a ocupar un rincón tan profundo de mi alma.

 

A veces siento que he luchado contra este sentimiento. He llorado, he suplicado y hasta he intentado convencer a mi corazón de que no te ame con tanta intensidad. Pero cuanto más intento contenerlo, más profundamente te encuentro dentro de mí.

 

Te has convertido en ese pensamiento que aparece sin ser llamado, en esa sonrisa que nace de repente, en esa presencia que puedo sentir aun cuando estás lejos.

 

Y después de tanto intentar explicarlo, solo me queda una verdad, sencilla e inevitable:

 

Te amo.

 

Y no existe en mi corazón una verdad más grande que esa.

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