Te dije una y tantas veces que te amaba.
Lloré, supliqué y hasta me postré de rodillas, mirando al cielo y pidiéndole a Dios que algún día tu corazón pudiera ser mío.
A solas, en el silencio de mi habitación, derramé lágrimas que nadie vio; lloré como lloran los hombres cuando pierden aquello que más aman, aunque jamás hayan podido tenerlo.
Te pedí amor.
Te pedí una oportunidad.
Y hasta llegué a suplicarte que te casaras conmigo.
Te dije que había aparecido en tu vida con una sola misión: hacerte feliz.
Quise ser refugio para tus tristezas, calma para tus tormentas, compañía para tus días solitarios y ese amor que permanece cuando todos los demás se marchan.
Pero no valoraste este corazón que llegó a ti sin malicia, sin máscaras y sin otro propósito que aprender a amarte.
Te respeté sin siquiera conocerte, te fui fiel sin tenerte, y te amé incluso cuando no tenía ninguna certeza de que algún día tú llegarías a amarme.
Solo te imploré un poco de amor, una pequeña señal, un lugar diminuto en tu corazón.
Pero hoy, amor mío, mi corazón está cansado.
Cansado de esperar.
Cansado de soñar.
Cansado de llamar a una puerta que jamás quiso abrirse.
Me mantuve puro para entregarme entero, guardé mis sentimientos como un tesoro y, aun frente a tu indiferencia, me aferré a la esperanza de que algún día pudieras mirarme con los mismos ojos con los que yo te miraba.
Pero hay amores que, por más sinceros que sean, no consiguen convertirse en destino.
Por eso hoy te digo: adiós, mi amor.
Adiós, mi amor.
No porque haya dejado de amarte, sino porque ya no puedo seguir destruyéndome por un amor que solamente vive de mi lado.
Ya no volveré a llevar hasta tus oídos mis suspiros de amor.
Ya no volveré a escribirte poemas ni a inventar frases para decirte lo que mi corazón siente.
Ya no volveré a recordarte en cada verso, ni a buscar una excusa para pronunciar tu nombre.
Quizás seguiré amándote en silencio, porque el corazón no sabe obedecer cuando se le ordena olvidar.
Pero una cosa sí te prometo: mi corazón no volverá a suplicarte amor.
Y cuando algún día pases por un jardín y entre tantas flores encuentres una rosa, detente un instante.
Mírala.
Quizás entonces recuerdes que alguna vez hubo alguien que te amó con el alma, alguien que quiso hacerte feliz, alguien que habría dado todo por caminar contigo hasta el final.
Y si entre todas las rosas encuentras una especialmente hermosa, acuérdate de mí.
Porque aquella rosa llevará consigo todo lo que mis labios ya no podrán decirte: cuánto te amé.
No te culpo.
Tú no tienes la culpa de que este amor haya nacido en mi alma.
No tienes la culpa de no sentir lo mismo, ni de que mi corazón haya elegido un camino que nunca fue correspondido.
Pero sí debo aprender a marcharme.
Porque mi corazón se cansó de esperar a quien nunca iba a llegar.
Y aunque hoy me duela aceptarlo, prefiero una despedida que duela a una esperanza que me siga destruyendo.
Quizás algún día deje de recordarte.
Quizás el tiempo consiga borrar las huellas que dejaste en mi alma.
Y quizá vuelva a sonreír sin preguntarme qué habría sido de nosotros.
Pero hoy, mientras todavía te amo, solo puedo decirte una última vez:
Adiós, mi amor.
Fuiste la hermosa flor que un día encontré en mi camino, la que llenó de primavera mis sueños y dejó espinas en mi corazón.
No sé si volveré a enamorarme.
Hoy siento que no.
Hoy mi destino parece ser caminar solo por la vida y aprender a vivir sin ti.
Pero si algún día la vida te lleva por un jardín lleno de rosas, y una de ellas te hace detenerte…
recuerda que, alguna vez, en algún lugar del mundo, hubo un corazón que solo quiso una cosa: amarte.
Y ese corazón fui yo.
-
Autor:
RONALD TADEO RAMIREZ ELIZALDE (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de marzo de 2013 a las 01:49
- Categoría: Carta
- Lecturas: 243
- Usuarios favoritos de este poema: El Hombre de la Rosa, Gama de Luz 89

Offline)
Comentarios1
Cuando el trovador plasma sus letras sobre el papel, pone su alma en la tinta que rasga la hoja blanca, encantando a la musa que ilumina tu arte poetico en tu genial prosa literaria estimado compañero y amigo Ronald Tadeo Ramirez Elizalde
Felicidad y prosperidad te desea:
Críspulo Cortés
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.