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El mundo de Insania (cuento)


Es una de esas noches bohemias donde el baile, el alcohol y el opio están presentes. Me dirijo al bar de la esquina, aquel de madera con estilo colonial ese que se llama Insania. El interior está alumbrado por faroles y las mesas con velas. No tiene sillas sino sillones de cuero negro. Hay un cantinero que se luce con su espectáculo de llamas alcoholémicas. Y una tarima semi-redondeada con un micrófono para cantar, recitar, leer, para lo que se quiera. Y ahí está él, sentado esperándome con la pipa en la mano. Me acerco, me saluda, lo saludo. La música de fondo es lo único que se escucha, el silencio incómodo perturba. Rompo con un qué tal esa monotonía silenciosa. Y él me contesta: nada.
La función empieza con la lectura de un poema de Roy Sigüenza, se escuchan los aplausos y a continuación las intervenciones. Interesantes, por cierto.  Aún no es mi turno, sigo esperando con el nerviosismo alborotado.
Estoy en la tarima frente a ellos, frente a él. Recito:
Aguas marinas bañan tu cuerpo,
el tórax se fortifica con el contacto
de las manos amantes.
El éxtasis alcanza hervor,
la dualidad de los cuerpos unificados
se separan con el brote del esperma.
Todos aplauden, menos él, sus ojos están sobre mí, espero su opinión es la única que me interesa. Todos hablan, él no habla. Me siento a su lado y me toca la mano, sé que está satisfecho, no necesito de sus palabras. Todos bailan, él no baila, yo no bailo.
La humorada blanca cubre por completo el lugar, se besan, no me besa, no lo beso. Nos vamos.
En la habitación, en ese lugar donde la intimidad es propicia, me besa, lo beso. Lo oigo gemir, mi cuerpo se estremece; nos consumimos. Acabo.
Él se va, yo me voy.
Me encuentro con mi hermana, me saluda con un cómo estás ñaño. La saludo.

Comentarios1

  • María B Núñez

    Buena tu prosa.
    Un abrazo.



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