Marti Train

El amigo.

Se ha ido el amigo de la urgente marcha

del valor cumplido en su conciencia amplia.

Tu alma ha volado donde los héroes manan 

el aliento truncado de la noche infausta.

Y vivirán tus calles los sueños del mañana

los hijos que veías en esa muchachada;

tus chicos de la cuadra llorando hoy tu nostalgia.

¿Se ha ido el Amigo?... ¿El de la mano franca?

¿El del consejo propio y la palabra clara?

¡Al que siempre supieron escuchar en silencio

su reflexión justa, precisa y ordenada!

La orfandad de tus pasos pesaría en la esquina

de invariable espera en tu vuelta obligada.

¡Pues no se ha ido el Amigo! Seguirás entre ellos

para entibiar las noches de veredas heladas.

Tal vez los encuentres y sean otras esquinas

tu mano en la sien, templando reverencia 

responderá al saludo de nuestras venias dadas.     

 

 

 

M.G.T.

  • Autor: Marti Train (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de enero de 2013 a las 03:10
  • Comentario del autor sobre el poema: Al Agente Marcelo G. De Bernardi de adolescente corazón... Todos los días se despedía de su anciana madre, para ir a la seccional, donde sus compañeros de turno, lo esperaban para pedirle ludicamente algun cambio de guardia. En el camino siempre compraba dulces para compartir con ellos, para dar la opinión sesuda y sincera. En sus horas de recorrida, caminaba erguido con sus brazos hacia atras. Por las mañanas, le tocaba el timbre a la cieguita solitaria para avisarle que hacía demasiado frío y debía salir bien abrigada. La esperaba en la puerta y tomándola del brazo, la conducía por la vereda de la elegante avenida, para cruzar con ella hasta deejarla en la cafetería de la esquina. Antes de irse se aseguraba de ayudarla a sentarse a la mesa junto a la ventana. Pero para qué? le preguntaban... Porqué al lado de la ventana, si ella no podía ver? Sé, que él, le placía verla cerca de los árboles para hacerle sentir el trinar de los pájaros con mayor facilidad. Claro, Marcelo tenía un sentido paradójico de las cosas, sabía que la visión que le faltaba en su rostro, lo tenía dentro de sus oídos y entre medio de de su cerebro. Como así también en la abertura de sus labios y en su lengua para que pueda ver el color del café y también pueda ver con sus fosas nasales, la fragancia humeante que salía de la taza. Sí, él sabía que esa ciega podía ver los colores, los aromas y el canto de los pájaros. Marcelo sabía sobre la percepción de las cosas y de las personas. En sus custodias al supermercado del barrio, se llegaba con una flor, que tiernamente le regalaba a la simpática jovencita oriental que atendía la caja para luego pararse en la entrada, con la estirpe del granadero, que orgullosamente refería su pasado. Las madres que llegaban con sus niños al super, se contentaban junto a ellos por saber, que Marcelo siempre sacaba caramelos de sus bolsillos para persuadirlos con su ternura y quedarse a con ellos, mientras cumplía su cometido de dejar a la madre recorrer las góndolas, con la tranquilidad de no verse acosada a las demandantes peticiones infantiles. A unos pocos metros al edificio donde vivo, existía un gran estacionamiento de autos que a su costado y como nexo, había un maxi quiosco que tenía asentado en su vereda, una simple mesita con unas pocas sillas. Ese era, el típico lugar del encuentro de la barra, el refugio de "la muchachada" del barrio. Todas las tardes y todas las noches, en su recorrido, cuando Marcelo no dejaba de hacer su visita obligada, mis hijos y sus amigos, lo recibían con esa alegría infinita de llegar con su andar firme y recto y sus brazos por detras. Siempre sacaba por detras suyo y a suerte de sorpresa, una botella grande de gaseosa, que con delicadeza, la ubicaba en el centro de la mesa. ¡Cómo no olvidar esas cosas de Marcelo! Los muchachitos veían en él, el padre que los aconsejaba o el que les compraba alguna golosina o el amigo fiel que siempre estaba en el momento oportuno. Ese sábado por la tarde, Marcelo pasaba en su recorrida y mis hijos con Pancha, nuestra perra, llegando de su diario paseo se despedían tras arreglar el riguroso encuentro de la noche en la mesa del quiosco de la estación de servicio. Hablarían... de como estaría preparado su cuadro favorito para jugar al futbol, cuál libro recomendaría para el fin de semana, que película de acción sería menos violenta para ver o cuál chica del barrio estaría en condiciones de concertar una cita. Todo parecía en calma, cuando desde el comedor me sobresaltó un par de ruidos estridentes que venían de la puerta de calle. Mis hijos estaban en su dormitorio y el bullicio de los juegos de la computadora no les permitíó escucharlos, pero un sentido extra me ordenaba enterarlos para saber lo sucedido. Salieron solos y se encontraron con un policía de gran corpulencia, que dejaba traslucirse por el nailon gigantesco que cubría toda la esquina de la parrilla de enfrente. Mis hijos cruzaron rápidamente, percibiendo que el amigo estaba necesitando ayuda mientras veían acercarse cada vez más a la figura de Marcelo. Pero al llegar al sitio y atravesando el gran hule, se encontraron que el policía que estaba de pie, no era él. Marcelo no estaba de pie como siempre lucia, yacía en el piso y agonizante por tres impactos de balas, que dos sicarios de la muerte le provocaron. Sucumbieron al verlo inerte y moribundo y llegaron a casa sin semblante alguno ante el eclipse de terror y de dolor. Sus palabras se quebrantaban de llanto e impotencia... Tuvo un funeral como solo los héroes lo tienen, presenciando el desgarro de ver a su anciana madre, recibiendo una medalla de honor, cual ya de nada serviría. Marcelo no estaría para disfrutarla y al poco tiempo el corazón de la anciana le jugaría la mejor partida, aunque inoportunamente tarde, de evitar la so sobra de ver ese destino anti natura haciendo acrimonias con el hijo bueno. Ya nunca más el barrio sería el mismo, ni las veredas, ni la ciega, ni los niños, ni mis hijos ni sus amigos. Si hasta el quiosco cerró por la tristeza de sus muros al no soportar su ausencia. Ya nada será igual, la estación de servicio está fantasmagóricamente deshabitada, ya no hay autos durmiendo en sus cocheras, ni tampoco Juan, el viejo sereno con su radio portátil encendida para esperar el día, ni Alejandro, el encargado de surtir los tanques de nafta. Ya nada sería igual, todavía se huele a crímen y duelo pese a que han pasado cuatro años de no verlo, de no escuchar su voz ni su fresca sonrisa, ni su anhelo por soñar con un hijo, ni su parada rigurosa y a la vez gentil cuando por las noches de la esquina, viéndome pasar con mi taxi, se ponía en posición de firme y con su mano me saludaba con una veña. Ya nada sería igual, aunque sé, que nuestra melancolía es parte también de la suya, puesto que a veces, me imagino verlo rondar entre las frondosas tipas que coronan la avenida. Aunque nada sería igual porque todo ha quedado en estado de alerta, el alerta que utilizan los ángeles. Porque sé que él nos mira, nos ayuda y nos protege con todo el amor que solo tiene un ángel de la guarda. Eso es Marcelo para el barrio y la avenida, el ángel de la guardia que Dios nos dejó en nuestra avenida "Goyena"!!!
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas:
  • Usuarios favoritos de este poema: Héctor(micorazón), Álvaro Fiallos, Ma. Gloria Carreón Zapata..

Comentarios4

  • Marti Train

    Un argumento en dos géneros distintos.

    En Poema: EL AMIGO

    En Relato: Al agente Marcelo De Bernardi, de adolescente corazón...

  • Ma. Gloria Carreón Zapata.

    Excelente trabajo mi querida amiga te felicito, relato y poema muy bellos, eres una gran escritora y poeta, un lujo leerte, un abrazo para ti.

    • Molinos de Viento

      Esta señorita de tu imagen es mi ídola: Jeannete McCurdey

      • Marti Train

        Agradecida en el alma estoy yo contigo, amiga Ma. Gloria e insigne poeta, pues sino mira cuándo te devuelvo el saludo amiga mía. Mis abrazos de siempre te lleguen aún más para fortalecer esta bella amistad que nos une desde hace largo tiempo.

      • Yasser Berney Flórez Caraballo

        Bella presentación. Hermoso todo.
        Recibe una cálida bienvenida.
        Saludos, abrazos y bendiciones.

      • JAVIER SOLIS

        Hay personas que dejan huellas en el alma y que nunca serán olvidados por sus nobles acciones. Muy hermoso homenaje.
        Con aprecio
        JAVIER



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