π„ππ€πŒπŽπ‘π€πƒπŽ 𝐃𝐄 𝐓𝐔𝐒 πŽπ‰πŽπ’

ronald tadeo ramirez elizalde

Tus ojos son el refugio donde mi alma descansa, la morada de la ternura, el rincón donde el amor encuentra su lenguaje.

 

Cuando sonríes, tu sonrisa arrulla mis días como una melodía nacida del cielo; cuando me miras, el tiempo se detiene y el universo entero parece inclinarse ante la belleza de tu mirada.

 

Hay en tus ojos una elegancia imposible de describir, una luz tan pura que deja sin palabras al más valiente de los hombres.

Tu figura no solo posee encanto femenino; está revestida de algo divino, como si Dios hubiera dejado en ti un pequeño reflejo de su propia creación.

 

Tus ojos son un tesoro que ninguna riqueza podría comprar.

Cuando estás presente, todo florece; hasta la noche más oscura se convierte en un paisaje iluminado.

 

Qué privilegio sería contemplarte cada día, merecer una de tus sonrisas, vivir bajo el cuidado de tu cariño, sentir que, por un instante, también habito en tus pensamientos.

 

Déjame caminar a tu lado, mi ninfa, en los días de calma y en las horas de tormenta; en los momentos de victoria y también cuando la tristeza visite tu corazón.

Solo deseo seguir contemplando ese brillo celestial que habita en tus ojos, esa luz que me enamora, que me hace amarte en silencio y soñarte aun cuando sé que no me perteneces.

 

Pronuncio tu nombre como quien pronuncia una oración.

Guardo tu mirada en la memoria como el más hermoso de los recuerdos.

 

Sé que no soy el hombre que comparte tus alegrías, ni quien sostiene tu mano al caminar.

Soy apenas el hombre que ama en silencio la dulzura de tus ojos, ese mirar tierno que parece esconder una nostalgia infinita.

 

Cuando la noche guarda silencio, tu recuerdo enciende una llama que ninguna distancia consigue apagar.

He visto miles de miradas hermosas, pero ninguna habita mi alma como la tuya.

 

El día que no contemplo el resplandor de tus ojos, el mundo pierde color; el aire se vuelve vacío,

las horas pesan más y la nostalgia pronuncia tu nombre.

 

Sé que el destino llegó demasiado tarde para mí.

Sé que otro corazón tiene el privilegio de tu amor.

Sin embargo, tu mirada permanece en la mía como una espina dulce, como una herida que jamás deseo cerrar.

 

La vida se construye con historias irrepetibles, con instantes que el tiempo jamás devuelve.

Y cuando mis pasos se pierdan más allá de la última estrella, llevaré conmigo el recuerdo de tus ojos, porque fueron la luz que iluminó uno de los capítulos más hermosos de mi existencia.

 

Hoy quiero ofrecerte un regalo.

 

No lleva oro ni piedras preciosas.

 

Solo contiene un corazón

que aprendió a enamorarse contemplando una fotografía.

 

Es mi corazón.

 

Nunca perteneció a nadie.

 

Hoy lo deposito en tus manos, aunque ya cicatriza lentamente por haber amado, en silencio, la imagen de un ángel que jamás dejó de mirar el cielo.

Ver métrica de este poema


Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. RegΓ­strate aquΓ­ o si ya estΓ‘s registrad@, logueate aquΓ­.